Me siento bajo el cielo
y los pájaros revolotean,
a mi alrededor,
convertidos en brisa,
que acaricia los cabellos
de los árboles.
Los colosos de piedra
soportan en peso de la bóveda celeste,
adorando a las estrellas,
en su eterno baile
sobre la eclíptica,
luceros que mueren y permanecen...
Humanos,
pequeños seres
que recorren la faz de la tierra
que hunden sus manos en el riachuelo
y levantan sus torres de piedra,
sobre un mundo de sombras y luces,
captando los rayos de un dios
que arde, solitario,
atrapando la luz
en redes de cristal,
convirtiéndose en seres invisibles
que sobreviven por el día,
fantasmas de luz...
Nace y muere,
renace sobre las montañas
y derrama su luz en el mar...
Eterna fuerza atractiva
de las mareas
y de los poetas,
única luminaria
en la noche de los tiempos,
cuando dormíamos
bajo el techo de las estrellas.
El imán del cielo,
creadora de sueños y sombras
en los bosques
de mis relatos,
hada incorpórea de luz blanca
que golpea los cristales de las ventanas,
con mano delicada
y se cuela en las casas,
flotando,
rayo de luz...
Dormir...
Sentir que todo es vacío,
o no sentir nada;
ser partícula de luz
filtrándose en el aire,
o simple brisa juguetona.
Ser una hoja de árbol
sobre una alfombra otoñal
y no sentir más que un sueño...
Contemplar el cielo
desde el lecho de un río,
con las aguas corriendo
y seguir allí,
cientos de años más...
A ese árbol
que crece solitario
en mi conciencia,
en el fondo de mi alma,
a esa luz débil
que pende de mi mente;
a mí misma...
En cada sueño
y en cada pesadilla,
pierdo un poco más,
mientras mis entrañas
se hacen trizas
con las imágenes del pasado...
Quiero descansar
bajo ese árbol solitario
y cerrar los ojos
por un momento,
y sentir paz.
Dejar que el tiempo,
convertido en un pájaro,
vuele hacia el horizonte
y la luz,
convertida en una mente despierta,
me muestre el camino
hacia un "yo" distinto,
el que apenas respira
en el fondo de mis entrañas...
¿Por qué...?
El aliento se escapa lentamente,
mezclándose con el éter,
elevándose poco a poco,
hasta donde las estrellas duermen
el sueño eterno...
Quiero anclarte a la tierra,
para que no te vayas nunca,
como cuando era una niña;
me rebelo y digo que no,
que tú no puedes irte.
Tú no...
Pero sí, un día te irás,
y yo reviviré los recuerdos
de aquel día en que me enseñaste
a escuchar la ópera.
Y tu voz de barítono se perderá,
pero no para mí...
Rumor de voces,
abanicos que vuelan
sobre sedas y rasos;
el murmullo recorre la platea
y los palcos se ocupan,
lentamente.
Fru-fru de vestidos vaporosos,
miradas que recorren los dorados
de las tallas de madera,
bajo la luz titilante
de una lámpara de cristal...
Los querubines juegan
entre nubes y guirnaldas,
a atrapar al vuelo,
a una paloma.
Un amorcillo rezagado,
contempla a la orquesta,
allí abajo,
en el foso;
atriles en fila,
brillos de metal,
cuerdas y arcos...
Están tan lejos,
pero su música se eleva
hasta el cielo.
Un pesado telón
separa el mundo
del amor y la traición,
y los sueños robados,
y los héroes y villanos,
que cobran vida en el escenario.
Un salón vacío...
candelabros repartidos,
aquí y allá;
un hombre enciende las velas
mientras un coro ensaya,
tras el decorado.
Paisajes de tela,
luces dispuestas,
convertidas en el reflejo plateado
de la luna,
entrando por una ventana.
La prima donna
calienta la voz;
será su gran noche,
su debut,
en la piel de Violeta...
Violeta,
la mujer que ama,
la heroína de otro tiempo,
persiguiendo el amor,
en brazos de Alfredo.
El reloj corre,
las luces se apagan
y los querubines se esconden;
es tiempo de escuchar...
Cesa el revoloteo de abanicos
y los murmullos del público.
El director mira a los músicos
y asiente,
antes de empezar.
Suena el preludio,
sube el telón
y no existe nada,
salvo París,
una fiesta en casa de Violeta;
y todo es real,
tan real...
Margherita,
asomada a la ventana,
escucha las notas
que se deslizan,
desde el piano,
como una caricia...
Los pináculos de Duomo
remontan el vuelo,
hacia el cielo nublado;
Milán envuelta en grises,
en canciones y voces
de quienes recorren sus calles,
Milán, tierra de promesas,
de sueños por cumplir.
Margherita ve pasar los días,
los meses caen
sobre las hojas de los árboles,
desgrana,
en oraciones,
el sueño del éxito,
de aplausos en La Scala;
plegarias de días y noches,
contemplándole,
ante el piano,
componiendo.
Busseto está tan lejos,
pero aquí,
en Milán,
está la gloria...
Noemi Valle
Margherita Barezzi fue la primera esposa de Giuseppe Verdi, a quien animó a vivir en Milán, para que encontrara la fama como compositor, convencida de su valía. Murió muy joven, el 18 de junio de 1840, con solo veintiséis años.