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jueves, 9 de agosto de 2018

Hija de Orfeo (poema)




Hija de Orfeo, 
poderosa o delicada, 
la música devora tu alma, 
como un aguacero
que te cala hasta los huesos...
Te posee lentamente,
desde unas notas sutiles 
hasta un crescendo glorioso, 
acariciando tu piel 
con manos invisibles.
Tu mente vuela 
hasta la cumbre de una montaña, 
o a los brazos del ser amado; 
te transporta a otro tiempo, 
flotando en el aire, 
como las hojas de los árboles, 
movidos por el viento. 
Primero llegaste tú
y te apropiaste de mí, 
de mi alma y mi voz, 
con un abrazo invisible 
que traspasó todo mi ser... 



Amalia N. Sánchez Valle



lunes, 6 de agosto de 2018

Evolución (poema)










Bailando con el viento,
con las sombras
y los luceros,
recreando batallas pasadas
crezco como mujer;
guerrera y artista,
fuerte y frágil,
controlando mi vida...
Fiel a mí misma,
a mis sueños
que me han impulsado
a ser mejor,
con mis miedos y fracasos,
tan imperfecta como todos;
me perdono,
por fin...


Amalia N. Sánchez

jueves, 2 de agosto de 2018

Espíritus de la noche




Shhh... los espíritus de la noche han salido de su escondite; se desperezan lentamente y caminan bajo la luz de las estrellas, cantando con voz queda las historias de les enseñaron sus padres, de reyes y caballeros, de hechiceras y sacerdotisas, danzando alrededor de un círculo de piedra. Es la hora de los invisibles, de los fuegos fatuos, del crujido de una rama en el bosque, de los ojos brillantes de un búho... La brisa nocturna lanza hechizos sobre los tejados y baila con los árboles una danza sin fin mientras los sueños se apoderan de los durmientes. La noche lo cubre todo con su manto de oscuridad y estrellas; es la reina de los soñadores y de los poetas, cómplice de los amantes, seductora, altiva y poderosa.  

Amalia N. 


domingo, 29 de julio de 2018

Alma de ruiseñor (reflexiones)

 














Después del ensayo me gustaba pasear por Ópera y encaminar mis pasos al lugar donde mi abuelo iba a tomar clases de canto. Para mi era un ritual, desde el primer día que me uní al coro. Me he imaginado a mi abuelo orgulloso de mí, escuchándome desde donde esté, que no puede ser otro lugar que el cielo; era el hombre más cariñoso y sensible que he conocido, y su voz de barítono todavía suena en mi memoria... Después de bajar la Cuesta de Santo Domingo, llegué hasta la Plaza de Isabel II y contemplé el Teatro Real; él me llevó a mi primer concierto. Aquella fue una experiencia preciosa. Empecé a callejear y pensé en lo mucho que se puede estar unido a alguien, a pesar de haberlo perdido. Está en los recuerdos, en quienes somos ahora... Gracias por enseñarme tanto sobre la música, alma de ruiseñor.




Amalia N. Sánchez Valle

sábado, 28 de julio de 2018

Noche de eclipse





Seres que contemplan cómo la luna se tiñe de rojo, desde un montículo, desde la Plaza de Oriente, desde cada rincón de la ciudad, como selenitas que añoran volver a su casa. La luna se oculta y danza en el firmamento, llamando a la pasión, al misterio, a la contemplación de una diosa que vigila las mareas... El rojo sigue ocultando su brillo, pero no su magnetismo, hasta que poco a poco, se adivina una sonrisa plateada, que se va haciendo amplia, recortada sobre el cielo oscuro, en las fauces de la noche. 

Qué pequeña me siento, contemplando la belleza del eclipse; la luna asciende por el negro terciopelo y se deja ver, por fin en su plenitud. 

viernes, 27 de julio de 2018

Rayo de luna




La luz plateada se coló por la ventana y contempló al durmiente, ajeno a los dedos alargados y fantasmales de un rayo de luna. Se acercó a su rostro, acarició su pelo y trató de colarse en sus sueños, atravesando los párpados... Pero el durmiente continuaba muy lejos, en el reino de Morfeo. Le veía, envuelto en las sábanas, con su pecho subiendo y bajando al son de su respiración; la placidez le hacía más lejano. ¿Cómo se atrevía a no admirar su luz mágica? 
Comenzó a danzar alrededor del durmiente; jugueteó con la lámpara del techo y retó a una carrera a la oscuridad. La luz avanzaba, tiñendo de blanco la pared, los cuadros, el armario... Se rió como un niño travieso. La negrura fue ganando terreno, hasta que en unos segundos, el rayo de luna se desvaneció, despidiéndose con un beso. 


Amalia N. Sánchez Valle

martes, 19 de junio de 2018

Ópera



“¡Tan!” La campana del convento rompe el silencio de la noche. Sé que es muy tarde; no hay ni un alma por la calle. El eco de mis pasos resuena sobre las fachadas de la callejuela y las farolas iluminan los charcos y los adoquines con su luz tenue. Me subo el cuello del abrigo hasta la nariz y en ese momento me siento la dueña de ese lugar, que tanto me gusta, ahora solitario… Tan solo las luces y las sombras que devoran las fachadas me acompañan, hasta que llego a la Plaza de Oriente. Sí, ese lugar le pertenece a mi espíritu, aunque tenga que compartirlo con el resto de almas que pasean a diario por allí, para contemplar el palacio y el Teatro Real. Mis recuerdos de tantos años, paseando por allí, desde que aprendí a ir sola en autobús, me hacen acreedora de la estampa de las esculturas de los reyes godos, de las cristaleras de las casas, tan típicas de esa zona de Madrid, de la cartelera de la temporada de Ópera… Mi alma se quedó allí hace mucho, buscando el silencio, para escuchar mis propios pensamientos. No soy nada, comparada con la gran belleza de la quietud del palacio, cuando la luna hace juego con la luz que ilumina su fachada. La sombra de los jardines es mi propia oscuridad interior; los miedos y obsesiones que se clavan en mi alma. Por eso respiro hondo, en la noche y busco la luz.



Amalia N.Sánchez Valle