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martes, 10 de febrero de 2026

Ovidia (Reedición)

 


Le dediqué este relato a mi querida maestra, Ovidia, la mujer que me ayudó tanto en mi infancia, con su cariño, paciencia y profesionalidad, una maestra vocacional que supo transmitir unos valores que no volví a encontrar en mis años de estudiante. He imaginado cómo habría sido su último día como maestra, he cambiado algunas situaciones y he utilizado algunos recuerdos propios para recrear y celebrar su vida. Ovidia era una mujer excepcional, a la que siempre recordaré. 

Os comparto, tanto el relato como la grabación que realicé, con mucho cariño. Lo tenéis en Spreaker y en Spotify. Os animo a comentar y a suscribiros a mi podcast


Image by Thomas G. from Pixabay 




 


   


  Los niños entraron en el recinto de la escuela con las mejillas enrojecidas por el frío; algunos se despedían de sus padres, que les contemplaban desde la puerta, otros hablaban de su equipo de fútbol favorito, o de los deberes y entre la algarabía de voces infantiles, había sitio para el intercambio de cromos de Mazinger Z, antes de entrar en el aula.

Una vez dentro, algunos se arremolinaron en torno a un compañero, que escondió una caja de bombones detrás del pupitre. “Le van a encantar”, dijo un niño muy alto, con las orejas de soplillo y todos asintieron. “Jo, no sé cómo vamos a aguantar sin comérnoslos”. “Guárdalo bien, que no nos pille”, dijo el que vigilaba la puerta, mirando alternativamente al pasillo y al interior del aula. “¡Que viene la seño!” Todos se sentaron en sus pupitres y sacaron los cuadernos y los lápices, riéndose con complicidad.

Por el pasillo resonaron los pasos firmes de la profesora, que sonrió cuando vio a lo lejos a su alumno, entrando precipitadamente en el aula. Sujetó con fuerza los libros que llevaba bajo el brazo y se dirigió, por última vez a dar clase. Según se acercaba, escuchaba las voces de los niños, sus risas y también las discusiones de siempre entre los que no se llevaban tan bien. Sintió ternura. Llevaba su traje de chaqueta con falda, como siempre, desde que la destinaron en aquel pueblo y sus zapatos de tacón. Era la más elegante del colegio, como decían las madres de los alumnos de distintas promociones. Y también era la más apreciada, por su cariño y su paciencia.

Su voz era pausada y agradable, ya estuviera dictando a sus alumnos, o explicando las fracciones, pero también era firme cuando tenía que poner orden. Esa mañana, por primera vez en muchos años, sintió que le temblaban las piernas y que le costaría llegar hasta el final de la clase sin llorar. Respiró hondo antes de entrar en el aula y se encontró con los rostros de todos sus alumnos.

Algunos se habían peinado más que de costumbre y todos mostraron una sonrisa que delataba nerviosismo. “Buenos días”, dijo ella y todos la contestaron al unísono, sonriendo todavía más. La profesora ocupó su sitio y se fijó en el rostro de Alberto, ese niño que siempre se había portado peor que los demás, salvo en los últimos meses. “Le voy a echar de menos al final”, pensó ella, recordando las discusiones de Alberto con sus compañeros y las veces que había hablado con sus padres.

Alberto le devolvió la mirada y sintió un nudo en la garganta; sabía que el lunes tendría otra profesora y que tendría que acostumbrarse a ella.

Chicos, sacad el libro de Naturales”, dijo ella. Se escucharon algunos suspiros y resoplidos y el sonido de las páginas pasando rápidamente. “Venga, no protestéis, si no, no leeremos el siguiente capítulo de Jim Botton y Lucas el Maquinista.”

Señorita, ¿puedo leer yo?” preguntó Beatriz, con el dedo en alto; los demás niños la hicieron burla, bajo la mirada retadora de esta. “Sí, Beatriz, empieza la Unidad Ocho”, contestó la profesora. La niña sonrió a Ovidia, que recordó lo tímida que era al principio, cuando empezó el curso. Ni siquiera se atrevía a hablar y cuando lo hacía, tartamudeaba un poco. Cuánto había cambiado esa niña. Durante todos sus años de profesión había visto el progreso de muchos niños, que superaban con ella el miedo a las matemáticas, a leer o a salir a la pizarra y sentía el orgullo de saber que, de alguna forma, les había ayudado a ser buenos alumnos de instituto e incluso de universidad. Le alegraba ver a algunos, ya crecidos, saludándole por la calle, recordando a su señorita Ovi.

Llevaba tantos años enseñando en ese mismo aula, viendo cómo cambiaban los planes de estudio, a tantos niños que vivían en ese pueblo. Ella se había acostumbrado a la vida en la Sierra, a pesar de haber nacido en la ciudad. Al principio le pareció que le iba a faltar todo, los grandes edificios, las tiendas a las que solía ir, las luces de la ciudad, pero con los años se acostumbró a los cielos estrellados, a no escuchar el ruido del tráfico, a ver cómo se ponía el sol tras las montañas, a las casas de piedra en vez de las torres y los edificios con cariátides en las fachadas. Y también a ver a tantos alumnos que tenían que seguir estudiando lejos de su escuela, a medida que crecían.

La voz de Beatriz sonó monótona en el aula, mientras los pensamientos de la profesora iban de un rostro a otro, recordando a sus primeros alumnos, recién llegada al pueblo. Los de ahora, los últimos, se parecían a esos otros niños. Algunos eran tímidos, otros no paraban de hablar y tenía que reprenderles, algunos eran muy inteligentes y le sorprendían con sus preguntas, que a veces le ponían en serias complicaciones, y que ella imaginaba como futuros científicos y otros necesitaban mucho apoyo y cariño para estar al nivel de los demás. Todos eran ajenos al sufrimiento que sentía en ese instante.

Después, les explicó lo que la niña había leído sobre la fotosíntesis; algunos parecían absortos, en la lección, otros se distraían con facilidad. Y tras la lección de Naturales, llegó la clase de Matemáticas, para la que Alberto salió a la pizarra a resolver los problemas sobre fracciones, mirando por encima del hombro a Beatriz. Alicia, sentada junto a ella le dijo algo al oído y ella sonrió. “Siempre rivalizando”, pensó la señorita Ovi. Parecía mentira que ese niño, al que le costaba tanto estudiar esa asignatura, hubiera logrado entenderla.

A la clase de matemáticas le siguió la de Sociales, con los mapas de los ríos y después el recreo; mientras los niños jugaban en el patio, en grupos, la señorita Ovi se sentó junto a su compañera Gloria para vigilar que no les ocurriera nada.

¿Qué tal estás?”, preguntó Gloria. “Bien, es un poco triste, pero estoy bien.” Ovidia se quedó en silencio por unos momentos, contemplando a Daniel y Juanjo intercambiando cromos, a Israel hablando con Amalia, Alicia, Beatriz y Paula, saltando a la comba, mientras María y Cristina charlaban, sentadas en un rincón y Alberto y David corrían por el patio. Algunos comían un bocadillo y todos sonreían, con esa despreocupación que caracteriza a los niños.

Espero que se acostumbren bien a mi sustituta”, dijo finalmente, sintiéndose triste. “Ya verás como sí, los niños se acostumbran bien a todo.” Ella asintió, pero no pudo evitar una punzada de decepción. “Y ahora, ¿qué vas a hacer, volverás a Madrid?” Ovi miró el reloj y a la vez que hacía una seña a sus alumnos para que volvieran a clase, dando la espalda a su compañera, contestó. “No, me quedo aquí.”

Una vez de vuelta a clase, continuaron con la lectura del libro de ese trimestre, Jim Botón y Lucas el Maquinista, de Michael Ende, que les divertía mucho a todos. Algunos estaban absortos en las aventuras de los personajes y dejaban escapar risas espontáneas. Después tuvieron la clase de Lengua y la de Trabajos Manuales. Contempló a sus alumnos haciendo sus proyectos de porta lápices, los pompones de lana y los jarrones de arcilla. Algunos discutían y parecían inquietos. “¿Qué os pasa? No discutáis, que no quiero enfadarme con vosotros.”

De pronto un niño se puso en pie. “¿Qué te pasa Daniel?”, preguntó ella, mirándole por encima de las gafas. “Señorita, tengo que decir algo.” Ella le miró sorprendida y el resto de los niños empezó a cuchichear, moviéndose en sus pupitres. “¿Qué quieres? Y vosotros, ¡silencio!”

Daniel se puso colorado y salió de su pupitre escondiendo algo; los demás le hicieron todos un gesto con las manos para que se acercara a ella. “Como soy el delegado tengo que decir algo de parte de todos...” Ella le miró, sonriente. Sabía que algo tramaban. Caminó hacia él y se agachó un poco. “Daniel, ¿qué queréis decirme?” El niño empezó a sentir un nudo en la garganta y a ruborizarse, y sacó la caja de bombones muy deprisa.

¡Te vamos a echar de menos!” dijo, finalmente y comenzó a llorar. Ovi se contuvo para no hacer lo mismo y le acarició en el pelo. A su alrededor, algunos alumnos también lloraban y los demás estaban en silencio, con los ojos húmedos. Ella acompañó a Daniel a su pupitre y sintió que momentos como ese hacían que mereciera la pena su trabajo. Tal vez esos niños no la recordaran al cabo de los años, pero ella sí les tendría en su memoria para siempre.

Niños, ya sabéis que el lunes viene otra profesora nueva, porque yo me jubilo...” dijo ella, de pie, junto a la pizarra. Todos la miraron, expectantes, en silencio. “¿Qué es jubilarse?”, preguntó Alberto. “Significa que cuando se cumple unos años, dejas de trabajar”, explicó la profesora. Un murmullo recorrió el aula. “Eso le pasó a mi abuelo”, dijo alguien. Ovi no pudo evitar que una sonrisa se escapara de sus labios. Daniel se limpió el rostro y se sonó la nariz con el pañuelo.

Vuestra nueva profesora tiene que ver lo bien que os portáis, no quiero que hagáis travesuras, ni que habléis en clase.” Ellos asintieron con la cabeza, todos a la vez. “Además tenéis que seguir haciendo los deberes, y estudiando, para que yo me sienta orgullosa de vosotros.” Todos permanecieron en silencio, mientras ella sentía que le temblaban las piernas.

¿Y ya no volveremos a vernos?” preguntó Alberto, con semblante triste. “Claro que sí, yo me voy a quedar en el pueblo y os veré por la calle.” Un murmullo de satisfacción fue pasando de un pupitre a otro, hasta llegar a ella, que respiró hondo.

Los niños pasaron el resto del día preguntando cosas a su profesora, que repartió los bombones que le habían regalado. Todos recuperaron las sonrisas en sus rostros infantiles y se despidieron de ella con un beso en la mejilla.

Cuando se quedó sola, cerró la puerta y se sentó un momento en su silla; contempló los pupitres vacíos, recordó los rostros de tantos y tantos alumnos y se quitó las gafas para limpiarse los ojos con un pañuelo. Echaría de menos las preguntas de los niños, sus ocurrencias, la alegría que sentían el día que llegaban las vacaciones de verano y sobre todo, echaría de menos los logros conseguidos por ellos.

Se puso en pie y borró el encerado, hasta que no quedó ni rastro de las cuentas de Matemáticas. Ahora sería otra persona la que ocuparía su lugar.

Cuando salió del aula, cerró la puerta y todo quedó en silencio.






Amalia N. Sánchez Valle

lunes, 20 de octubre de 2025

NESPERENNUB (REEDICIÓN)

 



Imagen de Kathleen Pirro en Pixabay

“Nesperennub, despierta y contempla mi rostro, soy Anubis, el Señor de todas las Necrópolis, vengo a llevarte ante el Tribunal de Osiris, para que juzgue tus actos. Tu alma ya ha volado, como un pájaro y tu cuerpo será embalsamado, para que mores para siempre junto a los dioses, si eres digno de ello, si no, te espera la segunda muerte, devorado por la serpiente Ammit. Levanta, sígueme.”

El sacerdote descubrió que ya no le dolía la cabeza, por primera vez en varios días, desde que se la golpeó en una caída accidental. Lo último que recordaba era que tras el golpe se le nubló la vista; a su alrededor se escuchaban voces que le eran familiares, susurrantes. Los otros sacerdotes de Konshu, el dios de la luna, se arremolinaron a su alrededor y decidieron avisar a un médico. Después de escuchar eso, se desmayó.

Cuando volvió en sí, intentó moverse; alguien a quien no podía ver, le sujetaba por los hombros y le colocaba una tira de grueso cuero entre los dientes, después de hacerle beber algo que le atontó. ¿Qué le ocurría, por qué sentía esa terrible presión en el cráneo, y después esos cosquilleos en los miembros, movimientos involuntarios de los dedos y sus ideas se iban haciendo confusas? No recordaba de repente su nombre ni sabía donde estaba.

Después de la trepanación, al abrir los ojos distinguió algunas luces y un rostro borroso junto a él; esa persona le daba de beber y le arreglaba el vendaje. Intentó hablar, pero no fue capaz de ordenar las palabras en su mente. El dolor seguía allí, agudo, embotando sus sentidos; dormía a ratos, pero no encontraba el descanso. Los otros sacerdotes susurraban palabras que no podía entender. Intentó recordar los nombres de sus padres, su vida, y no lo consiguió. Lloró y gimió, provocando que unas manos suaves le acariciaran el rostro. Él no quería eso, sino dejar de sufrir de una vez.

De pronto ya no podía respirar; el pecho le dolió, como si unas garras se le clavaran en el corazón y convulsionó. Perdió completamente el control de sí mismo, aunque le sujetaron. A su alrededor todo fue confusión, hasta que todo acabó.

El ba se desembarazó de su cuerpo mortal y salió al escuchar la voz de Anubis, que le tendía una mano, mientras su ka se quedaba con el difunto Nesperennub. “El cuerpo es un lastre”, pensó su ba. Siguió a Anubis por un pasillo formado por columnas con capiteles de papiros, ricamente adornadas por jeroglíficos y el suelo, dorado, brillaba más que el reflejo del sol en las arenas del desierto. La cabeza de chacal de Anubis le servía de guía en ese corredor, iluminado por antorchas.

Pronunció el Himno a Osiris, como decía el Libro de los Muertos y recordó las enseñanzas en el templo. Mientras caminaban para encontrarse ante Osiris y el resto de los dioses, una preocupación asaltó al ba de Nesperennub; si quería morar con los dioses y que todas las partes de su espíritu se unieran de nuevo, tenían que embalsamarle. Se preguntó si sus compañeros, los sacerdotes de su templo se harían cargo de su cuerpo, si su familia lo sabría. De pronto recordó los nombres de sus padres y de su difunto hermano, que ya había pasado por el juicio de Osiris. “Ojala fuera favorable”, pensó.

Llegaron a un gran salón de suelo de lapislázuli y oro, con estatuas y columnas policromas que parecían alzarse hasta el cielo. En el centro, sobre un trono elevado, se sentaba el Gran Dios, Osiris, contemplándole con su rostro verdoso, que contrastaba con su blanco vendaje. Estaba muerto, como él, pero era el juez de todos los corazones mortales. Sobre su cabeza llevaba la corona y en sus manos, el callado y el látigo. “Estoy ante El que Continúa Siendo Perfecto”, pensó Nesperennub, postrándose ante él, sin que Anubis se lo indicara. Sabía que Osiris era el juez supremo y que de él dependía todo.

El dios con cabeza de chacal se hizo a un lado y presentó al ba de Nesperennub, que no se atrevía a contemplar el rostro del dios difunto, tan poderoso era. La voz atronadora de Osiris reclamó que contestara a las preguntas de los dioses; el sacerdote recordó las historias que le habían contado sobre el Juicio de Osiris y asintió con la cabeza. Miró de soslayo a Anubis, que colocaba su corazón en un platillo de la balanza y supo que dependía de sí mismo para que las culpas no le hicieran perder el favor de los dioses; en función de sus respuestas, la balanza se inclinaría en su favor, o haría que su corazón pesara demasiado, condenándole a la segunda muerte.

Una voz femenina pronunció su nombre y él no pudo evitar mirar el rostro de Isis, que se sentaba junto a su esposo, Osiris. Era mucho más bella que como él la había imaginado. Él respondió a las preguntas que le formularon, mientras colocaban la pluma de Maat en el otro platillo de la balanza. Después, con voz temblorosa, Nesperennub, volvió a pronunciar otra oración del Libro de los Muertos.

“No he cometido iniquidad respecto de los hombres; no he matado a ninguno de mis parientes; no he mentido en lugar de decir la verdad; no tengo conciencia de ninguna traición; no he hecho mal alguno; a nadie he causado sufrimiento; no he sustraído las ofrendas a los dioses...”

Esperó, con la vista fija en el suelo; imaginaba lo terrible que sería enfrentarse a la segunda muerte, con su corazón en las fauces de Ammit. Si eso ocurriera, ¿qué pensarían sus padres de él? Les deshonraría, mancharía su nombre para siempre. Siendo muy joven, les había dejado para convertirse en sacerdote de Konshu y no había podido despedirse de ellos. Ya era demasiado tarde.

El escriba, que había escuchado atentamente las preguntas de los dioses y las respuestas de Nesperennub, entregó a Osiris el papiro en el que lo había escrito todo; el sacerdote recordó su vida en pocos segundos, consciente de que estaba a punto de escuchar el veredicto. “Gran Señor, no he sido perfecto, pero nunca he intentado dañar a nadie”, pensó. “He tratado de servir fielmente a Konshu, a mi templo, a mis compañeros, he seguido fielmente las reglas de los sacerdotes, me he despojado de mis cabellos cada día, os he venerado a todos los dioses y he hecho todas las ofrendas. No me condenéis a morir una vez más, dejadme ser inmortal, para seguir sirviéndoos.”

La voz de Osiris rompió el ensimismamiento del sacerdote, que sintió que sus miembros temblaban aun más. “Levántate, Nesperennub, y escucha mi veredicto, que es inapelable. Has respondido a las preguntas de los dioses y hemos pesado tu corazón; solo tú, con tu vida mortal has inclinado los platillos de la balanza, y el resultado es favorable. Viajarás al Aaru, donde morarás con nosotros, en un campo eternamente fértil. Emprenderás el viaje, pero has de saber que no será sencillo.”

Nesperennub se sintió feliz y recordó que ahora dependía de las oraciones de sus parientes y amigos y que preservaran su cuerpo; mientras emprendiera ese viaje, recordaría su vida, sus primeros pasos sobre la tierra, la puesta de sol en el desierto, el cariño de sus padres, su primer día como sacerdote de Konshu y los cánticos en el templo. Se llevaría todas esas experiencias para siempre, a la campiña eternamente fértil.



Escribí este relato en 2008 y lo he reeditado y he grabado para mi Podcast Cuentos Para Noches Estrelladas. 


domingo, 12 de octubre de 2025

Cinematógrafo (reedición y audio-relato)

 

Vuelvo a publicar mi relato Cinematógrafo con un enlace de la grabación que he realizado para mi podcast Cuentos para noches estrelladas.





La oscuridad de la sala contrastaba con la luz de aquella mañana de mayo. Las paredes estaban envueltas por grandes cortinas negras, salvo una, cubierta con un lienzo blanco. Varias filas de sillas habían sido dispuestas ante aquella tela nívea y detrás, en el centro, una especie de caja, sustentada sobre un trípode, parecía ser el proyector de las fotografías en movimiento de las que nos habían hablado. Por mucho que lo pensara, no podía imaginar que una simple fotografía, como todas las que había visto en mi vida, pudiera moverse. Me parecía una quimera. Pero yo no era el único periodista al que habían encargado escribir sobre el invento del que tanto se hablaba, el cinematógrafo. Si ese ingenio de los hermanos Lumière tenía éxito hoy, los demás madrileños podrían contemplar con sus propios ojos aquella novedad.

Si lo pensaba bien, yo era un privilegiado, porque iba a presenciar, junto a ilustres invitados, como el Embajador de Francia, el estreno, en el Hotel Rusia. No era como escribir la crónica del hallazgo de un cuerpo junto al Manzanares, el paso del ganado por la Cañada Real o el robo en el colmado de la esquina. Tal vez era cierto lo que se decía sobre ese ingenio que permitía ver fotografías en movimiento, y aunque yo era escéptico, mi profesión me obligaba a mantener la curiosidad ante cualquier acontecimiento. Eso es lo que me había llevado a buscar un trabajo en un periódico...

El hotel Rusia era un lugar distinguido para tan insólito acontecimiento; no era un teatro, pero Monsieur Alexandre Promio se había tomado muchas molestias para que todo fuera un éxito, alquilando aquella sala y cuantas sillas fueran necesarias para acomodar a todos los testigos de la exhibición. Saludé a mis compañeros de profesión con un gesto. Nos habían acomodado en la sala, inusualmente oscura, para poder dar testimonio de la primera proyección del cinematógrafo. Me pareció adivinar en sus caras la misma confusión que yo mismo sentía, ocupando una silla de la última fila, mientras los invitados más ilustres ocupaban las primeras, envuelto todo en esos cortinajes negros y pesados, en contraposición con el lienzo blanco. 

Estaba preguntándome cuándo empezaría el evento, cuando apagaron las luces y un sonido me sorprendió. Miré hacia atrás y el aparato del que iban a salir las fotografías en movimiento, se iluminó y un hombre con el rostro a contraluz, lo manejaba con una manivela. Esa luz, en la que flotaba el polvo, me hipnotizó por un momento y cuando miré hacia el lienzo blanco, no pude reprimir una exclamación de sorpresa, con la imagen de un tren. Se movía, realmente se movía... iA mi alrededor todo eran expresiones como "es imposible, no puede ser", otros se mantenían en silencio, con la boca abierta, sin poder dejar de mirar esas imágenes tan reales, intentando decidir si estaban soñando o no, y todos intentábamos mantener la compostura, resistiendo la tentación de acercarnos a las imágenes que se proyectaban ante nosotros. Hombres y mujeres caminaban muy deprisa en la estación junto al tren, que se había detenido. Eran tan reales, solo que en blanco y negro. Después pudimos contemplar el mar, desde una sala, en Madrid. Era algo inaudito ver el movimiento de las olas. Yo solo había estado una vez en la orilla del mar y recuerdo que me llamó la atención el olor y el sonido, que me resultó tan relajante. Ahora no necesitaba viajar para verlo. Quién sabe cuántas cosas más podrían hacer con ese invento, que me estaba resultando fascinante. 

No era el único que miraba fijamente la pantalla; los comentarios eran elogiosos y las exclamaciones se sucedían, según iban cambiando los cuadros, del paseo por el mar a la Avenida de los Campos Elíseos, o un concurso hípico, como explicó M. Alexandre Promio. Aquello era una maravilla que jamás me imaginé que pudiera existir. La luz del proyector devolvía esas imágenes en movimiento, con el sonido de la manivela, tan hipnotizantes, tan parecidas a un simple hechizo, pero que venían encerradas en esa caja de madera. ¿Cómo se les habría ocurrido a esos Lumière? 

Me costó salir de ese estado de fascinación y ensimismamiento, pero cuando conseguí despegar la mirada de la pantalla, me giré para volver a admirar ese invento prodigioso. El trabajo incansable de quien manejaba el proyector me pareció tan valioso como el descubrimiento de ese tren entrando en la estación, las olas del mar, o esas personas que habíamos visto caminar, ante nuestros propios ojos, a un paso más rápido del normal. Era como si hubiera contemplado un espectáculo de magia, grandioso y lleno de misterios. Y me pregunto, ¿volveré a contemplar alguna vez imágenes en movimiento? Espero que ese invento, esa sencilla caja de madera, accionada por medio de una manivela, tenga mucho éxito en los años venideros...



Este relato me lo inspiró el post de Javier Lucas Domingo, del maravilloso blog https://www.revivemadrid.com sobre la primera proyección en España del cinematógrafo.  


martes, 7 de febrero de 2023

Sonámbula (Ensoñación de una noche de invierno)


glitter-graphics.com



El viento suena como el quejido de un monstruo herido y mis pies descalzos me llevan por un camino desconocido, ahora frío, ahora terreo; mis manos se aferran al éter y veo, sin ver, el sendero que recorro... Mis cabellos bailan con la brisa, mis ropajes se ciñen a mi cuerpo y me siento atrapada por manos invisibles, que me abrazan y me llevan, danzando, como las ramas de los árboles, a lo desconocido. Soy viento, soy un fantasma, soy la que camina dormida, con los ojos bien abiertos, sin distinguir, en la penumbra de mi habitación, dónde está mi cama, dónde está lo real y dónde la fantasía. Me enredo en la maraña entre el sueño y la vigilia y una mano etérea, acaricia mis cabellos y me coge de la mano, para llevarme, lentamente, a la consciencia...




Amalia N.S.V.

lunes, 6 de diciembre de 2021

Concierto

Día de concierto. Lo que significa: repasar la letra, repetirla, volver a vocalizar esa frase que se traba, beber agua y descansar la mente y el cuerpo. No hay nada mejor que hacer lo que nos gusta... El tiempo parece detenerse y que no llegará nunca el momento de que empiece el concierto. Empieza el ritual: te maquillas con mimo y arreglas los rizos con los dedos, te vistes y repasas la bolsa antes de irte. Botella de agua, la caja de los zapatos de tacón, el maquillaje, para los retoques y los nervios te hacen sentir por un momento que vas a caer por un precipicio. Pero después respiras hondo, necesitas cantar...

Repasas las notas en tu mente, empieza el calentamiento vocal, te concentras, dejas que el aire se convierta en sonidos y tu mente se desliza por la partitura, como en cada ensayo. Las voces se mezclan y después esperas a entrar en el escenario. Los minutos se hacen eternos... Te quedas en silencio, por un instante y miras el reloj, cierras los ojos, los vuelves a abrir y miras a tus compañeras; cada una lo vive a su manera. Unas hablan, otras hacen fotos, o repasan la letra, hasta el final. Compartes la complicidad, la emoción del "ya salimos" y caminas con un ligero temblor en las piernas, hasta que escuchas los aplausos y te colocas en tu sitio.  

Buscas con la mirada a la familia entre el público, sonríes, y tu atención viaja a los gestos del director, respiras hondo y esperas... La primera nota, y después otra, y otra, y tu voz se enlaza con las demás, en un encaje de armonías que acompañan a la melodía; cada respiración te trae una bocanada de vida que se convierte después en un agudo. Sostienes esa nota y el corazón se acelera. Y silencio... Sonríes por dentro cuando el director sonríe, tu pulso se ralentiza y sientes tu alegría en tu corazón, compartida con la de las demás. Escuchas los aplausos, buscas la mirada de los tuyos. Y otra canción; respiras hondo, la voz fluye, entre la emoción y el control, desgranando en la memoria las notas y las palabras. Escuchas los aplausos, saludas y sales del escenario, abrazas a tus compañeras y agradeces esa experiencia a la persona que te inculcó el amor por el canto, sus consejos.

Recuerdas al ser más cariñoso del mundo, el abuelo de ojos grises, llenos de amor y alegría, a pesar de los sufrimientos del pasado. Su voz de barítono, su dicción...

Gracias, siempre gracias por darme tus conocimientos y tus anécdotas. Y por inspirarme. Por esas tardes escuchando ópera, por los paseos en Benasque, bajo las estrellas, contándonos cómo fue tu niñez. Te imagino con tus rizos rubios, cantando en una iglesia, con esa voz blanca que luego se tornó grave, con la mirada puesta en la bóveda, mientras tus padres contemplaban a su ángel, desde los bancos. Ese niño delgado y trabajador, y a la vez travieso, y cariñoso, y soñador, que se convirtió en un romántico empedernido, que adoró a su esposa, y soñó con seguir cantando... Ese joven que buscaba su porvenir y dejó, poco a poco, que su sueño fuera perteneciendo al pasado, ese hombre que curaba los resfriados de sus hijos con La Boheme, mientras sentía una punzada de nostalgia, ese abuelo que conservaba una voz preciosa y un gusto exquisito para la música, que me descubrió la maravilla de Alfredo Kraus, ese ser de luz, me regaló un tesoro en el canto. Y ahora, que me mirarás desde el cielo, te dedico a ti todos los conciertos. 





Amalia N. Sánchez 

martes, 26 de octubre de 2021

Oración (poema)

 




















Cierro los ojos y escucho la música, 
como tantas veces...
Me busco, 
siempre me busco
y solo me encuentro en ese lugar, 
rodeada de colosos de piedra.
Te veo junto a mí, 
caminando, 
como mi sombra; 
invisible para los demás... 
Dejé una parte de ti en esas montañas
pero sigues en mi corazón, 
en esta mente descreída
que sueña con volver a ti, 
algún día, 
porque elijo creer. 
Elijo creer... 
Pobre ser diminuto, 
en este universo, 
que ve a Dios en esas montañas, 
en la música, 
en el recuerdo de un ser querido, 
que espera atravesar la niebla 
para encontrar a quienes se fueron...
para volver a verte a ti. 
No importa lo que piensen los demás, 
yo espero escuchar,
otra vez, 
tus suaves pisadas en el parqué, 
persiguiéndome, 
como mi protectora, 
en mi insomnio 
o en mis pesadillas, 
en mi sueño reparador. 
Te contemplo desde la pantalla del ordenador, 
en mi móvil, 
en las sombras de la noche, 
en un rayo de sol, 
proyectado sobre el sofá, 
en el brillo plateado de la luna llena... 
Esta es mi forma de llorarte, 
de honrar tu recuerdo, 
de rezar por volver a acariciarte, 
en otra vida, 
mi Luna.





Amalia N. Sánchez



jueves, 12 de agosto de 2021

Aniversario (relato corto)

 Ahí estaba yo, un día más; los coches pasaban, veloces, delante de mi y jugaba a inventarme la conversación que tenían los ocupantes, en ese momento. "Ese, de color rojo, seguro que va hablando con el manos libres", pensé. Era lo que hacía yo. "¿De qué irá hablando, de trabajo? Seguro que sí". Mis favoritos eran los sedan blancos, con varios pasajeros. Eran familias; los padres y varios hijos. Los niños  discutían, como hacíamos mis hermanos y yo cuando mis padres nos llevaban al pueblo. Mi hermana pequeña se dormía y su cabeza pesaba sobre mi hombro. Cuánto me enfadaba... Y mi hermano mayor se quejaba de mi codo. 

Aquel día llevaba un buen rato contando cuántos coches azules pasaban por allí, cuando un vehículo aminoró y aparcó en la entrada de una finca. "Así que es mi aniversario", pensé. Una mujer, con un vestido azul marino y gafas de sol, se bajó del asiento del conductor y abrió la puerta de los pasajeros. De allí salieron tres niñas. Las contemplé, orgulloso; qué mayores estaban ya mis hijas. Una de ellas llevaba un ramo de flores y se lo entregó a mi mujer, que las inspeccionó. Este año eran de distintos colores, con una cinta que las envolvía y terminaba en un lazo. Besó a nuestras hijas y pude adivinar una lágrima recorriendo su mejilla, escapándose por debajo de sus gafas. Estaba guapa, con su pelo rubio, suelto y sus labios rojos, como siempre. Y las niñas, con sus rostros serios, se abrazaron a ella. La mayor ya casi le llegaba por el hombro. El año pasado parecía tan pequeña... La mediana tenía el pelo más largo que la última vez, y más oscuro. "Se parece más a mí", pensé, y sonreí. Y nuestra pequeña, ya no era tan pequeña. Llevaba un bolsito cruzado de color rosa, a juego con las zapatillas, y unos vaqueros con parches de unicornios y arco iris. Sus hermanas ya habían superado esa fase. Definitivamente, en un año habían crecido mucho. Eché de menos abrazarlas. 

Quitaron el ramo ajado que me había acompañado en el último año y los sustituyeron por el nuevo, con mimo. "Os echo de menos", dije. Ellas no podían oírme, pero necesitaba decirlo. Lloraron en silencio durante unos instantes, volvieron al coche y vi como se alejaban. Les dije adiós con la mano... 

"Qué suerte", me dijo el motorista. "Los míos ya no vienen. El primer año sí, pero ya está."  Se sentó a mi lado, en el arcén, y contemplamos en silencio el tráfico. 






Amalia N. Sánchez

En pie (reflexiones)





Una vez más, me asalta la melancolía; se convierte en mi piel y en mi esqueleto, uniéndose a cada célula, como ese parásito que lo devora todo... Porque soy tan distinta, que a veces me cuesta caminar y apoyarme en mis ideas, en mi yo. No es fácil escapar de la corriente, en lugar de dejarse arrastrar, cuando en realidad anhelas la calma en la que nunca has vivido. Ser yo misma, a pesar de la melancolía, a pesar de las luchas, es lo único que sé hacer, aunque eso me lleve a tropezar una y otra vez. La piel que me cobija es frágil, pero mis huesos me mantienen en pie. 







Amalia N. Sánchez

jueves, 17 de junio de 2021

Enésima noche de insomnio y rebeldía (pensamientos)

 



 La noche no da tregua; el calor me sofoca igual que por el día, me roba la paz, el buen humor y con sus manos pegajosas, abofetea mi frágil piel.  Me encierro en la oscuridad de estas cuatro paredes que son reflejo de mi mundo, de mis sueños y de los recuerdos de mis seres queridos. Nada apacigua mi mente, salvo la música, la música... Siempre la música. Y el anhelo de un cambio que desordene mis días, tal y como son ahora, sin un trapo que amordace mis palabras. Da igual que esté a oscuras; mi espíritu se rebela, no deseo la nueva normalidad, basta de coartar la libertad, de mentiras, de contemplar el mundo con un único prisma, la corrección política, que nos idiotiza. 

Sueño con caminar por la montaña y contemplar el cielo. Esa libertad es la que añoro, como un pájaro anhela el viento que le eleva. Deseo sentir la brisa y dejar volar mi mente en el valle de mis sueños, hasta perderme en él... Soltar mi corazón entre las nubes y alojarme en una cabaña de madera, asomarme a la ventana y escuchar los pájaros. La música del agua, del rumor de las ramas de los árboles, de los seres diminutos que habitan el bosque. Quiero ser yo, lejos de la distopía, lejos del bloqueo que atenaza mi mente, a veces. Quiero recuperar mi esencia, mis palabras, la poesía, controlar mis tiempos, emocionar y emocionarme. Que me devuelvan mi yo de hace un tiempo, sin la amargura del yo de ahora... Quiero reconocerme en el espejo de mi ilusiones de antaño y reconciliarme con ellas; unirlas a mis nuevos anhelos y ser quien realmente debo ser. 





Amalia N. Sánchez

miércoles, 21 de abril de 2021

La sonrisa de la luna (prosa poética)

 


 



La luna me sonríe, en una noche sin nubes, mientras me lee el pensamiento y me escucha cantar, en voz queda. Mi sombra me acompaña, junto a las farolas, proyectándose en el muro del colegio, en los adoquines y en las escaleras, convertida en mi otro yo silente, que baila con la luz y me sigue, caprichosa, a donde quiera que voy, pegada a mis zapatos, con los mismos rizos, sintiéndose libre, a pesar de todo, pues la noche es su territorio. 

Mi sombra y la luna me siguen y saben lo que pienso; conocen mis sueños y mis desvelos, saben que no soy la misma, con las cicatrices de un año de pandemia. No me queda más que amargura por los sueños perdidos, e incertidumbre...

La brisa fría de la noche acaricia mi rostro, con manos invisibles; respiro hondo y continúo caminando, contemplando la sonrisa de la luna, en lo alto. Parece decirme "aquí estoy, para embrujarte, para hacerte soñar y que sigas buscando historias, personajes a los que dar vida, canciones que cantar en voz alta, o para susurrarlas..." 



Amalia N. Sánchez


domingo, 4 de abril de 2021

Espíritu libre (poema)

 




La vida encuentra su camino, 
como lo hace el deseo de aprender
y de evolucionar.
Algo cambiará,
porque no hay nada inalterable,
ni siquiera las estrellas. 
Miraré por la ventana, 
las horas pasarán despacio, 
pero en mi corazón anida ya, 
como de cuando en cuando, 
el deseo de un gran cambio.
Mi sendero es solo mío, 
como lo es mi espíritu libre, 
como lo son mis sueños...





Amalia N. Sánchez Valle

viernes, 12 de febrero de 2021

Noches pandémicas de insomnio y dudas

Foto: Amalia Noemí Sánchez Valle. Madrid, 11 de febrero de 2021





   


La mente me mantiene despierta, no sé muy bien por qué; mientras mis ojos arden en cansancio, busco en los recovecos de mi cerebro una brizna de paz que me lleve al reino de los sueños... No te engañes, me digo a mí misma. "Solo llegarás allí por agotamiento". Y es cierto, siempre es cierto. 

Las notas musicales me llevan muy lejos en el tiempo, en una tarde de invierno, paseando de la mano de aquel novio, durante la carrera, cuando acababa de descubrir los cafés del Madrid de los Austrias, en los que la música clásica, o el jazz amenizaban como fondo las conversaciones. Hablábamos de esa película que me había encantado o de música, de la carrera, de los sueños, de qué hacer después de la licenciatura. No lo sabía aún, pero estaba perdida en un mar de dudas, sin saber qué rumbo tomar. Lo único cierto era que en mi mente había muchos sueños, muchos poemas y relatos por escribir, muchas canciones a las que dar vida con mi voz y el convencimiento de que era demasiado soñadora para ser abogada; demasiados miedos, demasiada timidez... 

Años después me vuelve a asaltar la duda; esta vez es distinto, pero no por ello menos desasosegante: Me busco a mí misma, busco un atisbo de vocación. ¿Dónde, está? ¿A dónde me llevará este tiempo distópico, en el que no existen los abrazos, los besos ni las tardes de cafés, sin gel hidroalcohólico ni mascarilla? En los días de la incertidumbre, en las noches perdidas, delante de la pantalla, porque la mente no me deja descansar. Aquí estoy, con mis miedos, mi hastío, con mis sueños, sí, mis sueños... Tal vez eso sea mi única constante. 




Amalia Noemí

lunes, 8 de febrero de 2021

Relajación (microrrelato)

 




Cerró los ojos y trató de respirar hondo; sintió el movimiento cadencioso del aire entrando hasta el vientre, pasando por los pulmones, y saliendo, despacio. Le habían dicho que dejara la mente en blanco, pero ella solo contemplaba oscuridad, bajo sus párpados. Las tensiones se agolpaban en su nuca; desde allí, un dolor recorría el cráneo. Era como escuchar un grito interior, que le recordaba lo difícil que había sido el día; una sucesión de inseguridades, que ya tendrían que haber desaparecido, a esas alturas de su vida. Casi podía verse desde fuera, con los brazos extendidos a los lados del cuerpo, el rostro contraído en una mueca de dolor y su pecho agitado por la respiración. Pero eso no era lo que quería; deseaba descansar su mente, dejar de lado la frustración y la sensación de vivir en una isla. Decidió concentrarse en el sonido de respiración, como si de una especie de mantra se tratara, mientras su pecho subía y bajaba, subía y bajaba... Necesitaba dejar atrás la tempestad, las mareas en las que se perdía la paz de su espíritu, las soledades; necesitaba dejar de escuchar su yo interior, silenciar sus frustraciones y caer en los brazos del sueño. Ni las preocupaciones del trabajo, ni las relaciones complicadas del día a día. Mientras, sus miembros pesaban cada vez más, como sus párpados y los músculos del rostro se aflojaban. Silencio. Solo debía respirar, desterrando las imágenes que pasaban por su mente; una ventana, un árbol, el vagón del metro, una carpeta llena de papeles, unas manos, alguien caminando. Fuera, fuera todo de su mente. Sin tensiones, sin dolor, sin miedos... Ya no era esa niña tímida y asustada. Nada debía entrar en su mente, ni los recuerdos, ni las sensaciones de antaño. Solo tenía cabida la paz...




Amalia Noemí

lunes, 1 de febrero de 2021

Anhelos





Desear algo es como soplar un diente de león; los anhelos se dispersan con la brisa y te preguntas a dónde llegarán... Los sueños pueden ser persistentes, caminar a tu lado desde la infancia, cogiéndote de la mano o llegar como un relámpago que ilumina el cielo, pueden quedarse en el camino, mientras nos alejamos, con amargura, o abrazarnos hasta el final de nuestros días, servirnos de inspiración y hacerse realidad. Y cuál es mi anhelo... solo lo sé yo. Es inalcanzable, pero aun sabiéndolo, me roba el sueño, por mucho que me empeñe en desterrarlo de mi mente. Mi cielo se nubla y la música se detiene... solo oigo el tic-tac de un reloj y veo pasar los días muy despacio. Esa ilusión me susurra al oído y me miente, intenta seguir viva en mí, cierro los ojos muy fuerte y en la oscuridad, le pido que se aleje, que me deje vivir en paz. Sus mentiras son en vano; no todos los sueños se hacen realidad. Pero soy una soñadora, ¿no? Una soñadora sin remedio. Escribo quimeras, invento diálogos que no existirán jamás, encuentros imposibles, palabras no pronunciadas... Busco estrellas en mi firmamento y compongo canciones en un suspiro. 



Amalia N. Sánchez

viernes, 29 de enero de 2021

Ovidia

 



Por muchos años que hubieran pasado, ella siempre me sonreía cuando nos encontrábamos por la calle, o en ese concierto, en el Auditorio Nacional. Aquella tarde, nos saludamos en el vestíbulo, con su programa del concierto en la mano; estaba tan elegante y guapa, como siempre. Su sonrisa seguía inalterada, como cuando estábamos en el aula, tanto tiempo atrás. 

En ese momento me vinieron a la memoria tantos días escuchándola dando sus lecciones, junto al encerado, con su voz pausada, mirándonos con ternura, con el libro en la mano. Sobre todo, recordé el cariño con el que me habló mis primeros días en ese colegio, en mitad de curso. Me sentía asustada, apenas me atrevía a hablar, como un animalillo que se queda quieto, esperando pasar desapercibido. Consiguió que esa niña tan tímida, a la que le costaba sentirse segura, confiara en ella, en sus consejos y en sus lecciones. No necesitó más que su sonrisa, su mirada serena y su comprensión, para que dejara de sentir miedo a las burlas. Vio en mí lo que nadie, ni yo misma, era capaz de percibir. 

Siempre recordaré cómo cogía su espejo del bolso y se ponía el pintalabios y nosotros la contemplábamos por un momento, con el lápiz en la mano, mientras hacíamos las cuentas. Ella nos miraba y volvíamos a las divisiones, sin necesidad de que dijera nada. Solo nos regalaba una sonrisa tierna. 

Se ha ido en paz, como ella merecía, con el cariño de su familia y los que la queríamos, la lloramos... Dejó su huella en este mundo, siendo buena persona, una maestra que no necesitó gritar ni ridiculizar a nadie para mantener la disciplina y que siempre vivirá en mi corazón y en mi memoria. Nunca desaparecerá, porque nos sirvió de ejemplo a muchos, que aprendimos que el cariño y la comprensión hacen milagros. Mi maestra, tan importante para mí, en un momento en el que me sentía perdida, que me recogió y me dio el aliento para no rendirme y por la cual, cada día busco aprender algo nuevo, porque fue capaz de advertir en mí mi sed de conocimientos. 

Todos mis logros se los dedicaré a ella, recordaré su sonrisa y sus palabras; tal vez ahora, allá donde esté, me vea escribir y recuerde a esa niña que siempre estaba soñando con mundos de fantasía y le hacía tantas preguntas. Entonces sabrá lo importante que fue ella para mí, como para tantos alumnos que la queríamos y que nunca la olvidaremos, porque nos dejó una honda huella. 

Gracias, mi querida Ovi, por todo lo que me enseñaste y por tu cariño. Hoy lloro, pero siempre vivirás en mí...



Amalia N. Sánchez Valle

sábado, 23 de enero de 2021

Burbuja del tiempo


Mientras camino, mis pasos resuenan sobre los adoquines cubiertos de los restos de nieve y hielo. Intento resolver mis dilemas, en un mundo gris que ha cambiado mi día a día, robándome los momentos que ya no han de volver... Recuerdo cómo era sentir el aire en el rostro, sin la mascarilla y reconocer las sonrisas. Intuía que esa sonrisa escondía un secreto, una noticia, tal vez la evocación de un beso; y cómo echo de menos contemplar las expresiones que ahora se esconden, donde ya solo queda la mirada para decirlo todo. 

Intento desentrañar el misterio de ese hombre que pasea a su perro, bajo la llovizna de una mañana de enero, mientras escucho, a lo lejos, el tráfico. Puede que esté pensando que, por mucho que cambie nuestro día a día, por la pandemia, él seguirá saliendo a caminar con su mejor amigo y esa será su constante, por mucho que pasen las estaciones. O puede que solo esté pensando en la lluvia que todavía no es tan espesa para abrir el paraguas, pero suficiente para sentirla acariciando su rostro. Me lo pregunto y no sé si está sonriendo, a pesar de lo desapacible de la mañana o su pensamiento le aleja de los edificios y de la nieve, que apenas se ha disuelto... 

Hace frío y todo está gris, pero yo sigo encontrando encanto en esas calles, que suelo recorrer con una cámara en la mano; busco atrapar un instante en una foto para jugar a adivinar qué piensa esa otra mujer que camina un poco más adelante o para recordar una experiencia ya vivida. Tal vez es eso lo que busco, a veces, cuando fotografío un paisaje, un edificio histórico... Revivir y conservar en una burbuja los sentimientos. Ahí estoy yo, pensando en cómo recomponer los sueños que se han quedado suspendidos en el tiempo, mientras dure la pandemia; me pregunto cómo nos sentiremos todos, cómo me sentiré yo, cómo será recobrar los abrazos. 

Mientras, la ciudad sigue ahí, con las pinceladas grises, a lo lejos, de edificios que esperan volver a llenarse, algún día. Hoy llueve, puede que mañana salga el sol y las ventanas brillen, como faros en medio del asfalto. Mi cámara captará una estatua, un edificio, un paseante que seguirá siendo un misterio para mí. Yo, con mi mente de escritora, le imaginaré una vida entera.  





Amalia N. Sánchez Valle

sábado, 19 de diciembre de 2020

Un retrato: Alicia




 


Voz cantarina y ojos brillantes, con la luz de las estrellas, guarda en un cuerpo menudo la sabiduría de las brujas blancas… Leyendo los secretos de los planetas y las constelaciones o cantando, Alicia convierte el mundo en un relato de magia; con su sonrisa acaricia el alma y te conforta. Hechicera, conjura el bien y al alba siembra el cariño que cosecha, al caer el sol. Campanillas y cascabeles resuenan en su alma, sensible y grande… Porque Alicia, eres única, hada y cantante; madre y maestra, intérprete de los astros, arco iris en un mundo gris, y nos regalas lo mejor de ti.




Amalia N. Sánchez Valle

domingo, 15 de noviembre de 2020

Cinematógrafo (relato)



La oscuridad de la sala contrastaba con la luz de aquella mañana de mayo. Las paredes estaban cubiertas por grandes cortinas negras, salvo una, cubierta con lienzo blanco. Varias filas de sillas habían sido dispuestas ante aquella tela nívea y detrás, en el centro, una especie de caja, sustentada sobre un trípode, parecía ser el proyector de las fotografías en movimiento de las que nos habían hablado. Por mucho que lo pensara, no podía imaginar que una simple fotografía, como todas las que había visto en mi vida, pudiera moverse. Me parecía una quimera. Pero yo no era el único periodista al que habían encargado escribir sobre el invento del que tanto se hablaba, el cinematógrafo. Si ese ingenio de los hermanos Lumière tenía éxito hoy, los demás madrileños podrían contemplar con sus propios ojos aquella novedad. 

Si lo pensaba bien, yo era un privilegiado, porque iba a presenciar, junto a ilustres invitados, como el Embajador de Francia, el estreno, en el Hotel Rusia. No era como escribir la crónica del hallazgo de un cuerpo junto al Manzanares, el paso del ganado por la Cañada Real o el robo en el colmado de la esquina. Tal vez era cierto lo que se decía sobre ese invento que permitía ver fotografías en movimiento, y aunque yo era escéptico, mi profesión me obligaba a mantener la curiosidad ante cualquier acontecimiento. Eso es lo que me había llevado a buscar un trabajo en un periódico...

El hotel Rusia era un lugar distinguido para tan insólito acontecimiento; no era un teatro, pero Monsieur Alexandre Promio se había tomado muchas molestias para que todo fuera un éxito, alquilando aquella sala y todas las sillas necesarias para acomodar a todos los testigos de la exhibición. Saludé a mis compañeros de profesión con un gesto. Nos habían acomodado en la sala, inusualmente oscura, para poder dar testimonio de la primera proyección del cinematógrafo. Me pareció adivinar en sus caras la misma confusión que yo mismo sentía, ocupando una silla de la última fila, mientras los invitados más ilustres ocupaban las primeras, envuelto todo en esos cortinajes negros y pesados, en contraposición con el lienzo blanco. 

Estaba preguntándome cuándo empezaría el evento, cuando apagaron las luces y un sonido me sorprendió. Miré hacia atrás y el aparato del que iban a salir las fotografías en movimiento, se iluminó y un hombre movía una manivela. Esa luz, en la que flotaba el polvo, me hipnotizó por un momento y cuando miré hacia el lienzo blanco, no pude reprimir una exclamación de sorpresa, con la imagen de un tren. Se movía, realmente se movía... A mi alrededor todo eran expresiones como "es imposible, no puede ser", otros se mantenían en silencio, con la boca abierta, sin poder dejar de mirar esas imágenes tan reales, intentando decidir si estaban soñando o no, y todos intentábamos mantener la compostura, resistiendo la tentación de acercarnos a las imágenes que se proyectaban ante nosotros. Hombre y mujeres caminaban muy deprisa, junto al tren, que se había detenido. Eran tan reales, solo que en blanco y negro. Después pudimos contemplar el mar, desde una sala, en Madrid. Era algo inaudito ver el movimiento de las olas. Yo solo había estado una vez en la orilla del mar y recuerdo que me llamó la atención el olor y el sonido, que me resultó relajante. Ahora no necesitaba viajar para verlo. Quién sabe cuántas cosas más podrían hacer con ese invento, que me estaba resultando fascinante. 

No era el único que miraba fijamente la pantalla; los comentarios eran elogiosos y las exclamaciones se sucedían, según iban cambiando los cuadros, del paseo por el mar a la Avenida de los Campos Elíseos, como explicó M. Alexandre Promio, o el concurso hípico. Aquello era una maravilla que jamás me imaginé que pudiera existir. La luz del proyector devolvía esas imágenes en movimiento, con el sonido de la manivela, tan hipnotizantes, tan parecidas a un simple hechizo, pero que venían encerradas en esa caja de madera. ¿Cómo se les habría ocurrido a esos Lumière? 

Me costó salir de ese estado de fascinación y ensimismamiento, pero cuando conseguí despegar la mirada de la pantalla, me giré para volver a mirar ese invento prodigioso. El trabajo incansable de quien manejaba el proyector me pareció tan valioso como el descubrimiento de ese tren entrando en la estación, las olas del mar, o esas personas que habíamos visto caminar, ante nuestros ojos, a un paso más rápido del normal. A saber si este invento tendrá éxito en los años venideros, o si quedará en el olvido...


Agradezco a Javier Lucas Domingo, del maravilloso blog https://www.revivemadrid.com por la inspiración que su artículo sobre el cinematógrafo me dio para escribir este relato.  

Amalia N. Sánchez Valle


domingo, 8 de noviembre de 2020

Flor de nieve

















Si pudiera flotar hasta ese lugar al que pertenezco, confundirme con las nubes que cubren sus cumbres y convertirme en la lluvia que cae sobre los árboles, sobre los tejados de pizarra, sobre las piedras del suelo, me quedaría allí para siempre. Correría con el río, desde la cascada más alta y me colaría entre las rocas, regando los lirios azules, convirtiéndome en minúsculas gotas que flotan por el aire, hasta componer un arco iris con los rayos del sol. 

Si pudiera viajar hasta allí, me posaría sobre una flor de nieve y desde sus pétalos me quedaría a mirar el cielo, diminuta, subyugada por la bóveda celeste. Vería el baile de la Vía Láctea, escucharía el canto de los pájaros y a los grillos, y podría quedarme así, durante siglos, convertida en el rocío de la mañana y la brisa que juega con las ramas de los árboles...






Amalia N. Sánchez V

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Luna, siempre

 Querida Luna, 


Han pasado seis años desde tu partida. Cómo no recordar aquella terrible noche, en la que decidiste irte en mis brazos... ¿He superado aquello? No. Solo he podido acostumbrarme a vivir con tu recuerdo, sin oír tus pisadas en el pasillo, detrás de mí. He salido adelante con ese vacío tan terrible que se siente cuando se pierde a un ser querido, tan amado que te convirtió en mi hija peluda, desde que eras esa gatita de orejas enormes y ojitos verdes, como una pequeña elfita que llegó a mi vida para llenarla de luz. 

Aunque ya no estés a mi lado, durmiéndote poniendo tu cabecita en mi mano, sigues estando en mi corazón, en la pantalla de mi móvil y del portátil, siendo mi pequeña sombra blanca, mi protectora, mi niña lista y graciosa, capaz de abrir puertas, ladronzuela de yogures, diva y maulladora... 

Estoy convencida de que cuando me vaya de este mundo, te volveré a encontrar, que corretearás hacia mí, con mi pequeño Byron a tu lado y me perderé en tus preciosos ojos verdes.  




Amalia N. Sánchez Valle