Esta fotografía la hice ayer en Ópera porque me llamó la atención la única magnolia florecida del magnolio. Siempre me gustaron las flores blancas. Para mí son las más bonitas.
He decidido incluir posts de fotografías en este blog, no solo relatos y poemas. Tal vez incluya otras novedades en el futuro. Quién lo sabe...
Después del ensayo me gustaba pasear por Ópera y encaminar mis pasos al lugar donde mi abuelo iba a tomar clases de canto. Para mi era un ritual, desde el primer día que me uní al coro. Me he imaginado a mi abuelo orgulloso de mí, escuchándome desde donde esté, que no puede ser otro lugar que el cielo; era el hombre más cariñoso y sensible que he conocido, y su voz de barítono todavía suena en mi memoria... Después de bajar la Cuesta de Santo Domingo, llegué hasta la Plaza de Isabel II y contemplé el Teatro Real; él me llevó a mi primer concierto. Aquella fue una experiencia preciosa. Empecé a callejear y pensé en lo mucho que se puede estar unido a alguien, a pesar de haberlo perdido. Está en los recuerdos, en quienes somos ahora... Gracias por enseñarme tanto sobre la música, alma de ruiseñor.
Rumor de voces,
abanicos que vuelan
sobre sedas y rasos;
el murmullo recorre la platea
y los palcos se ocupan,
lentamente.
Fru-fru de vestidos vaporosos,
miradas que recorren los dorados
de las tallas de madera,
bajo la luz titilante
de una lámpara de cristal...
Los querubines juegan
entre nubes y guirnaldas,
a atrapar al vuelo,
a una paloma.
Un amorcillo rezagado,
contempla a la orquesta,
allí abajo,
en el foso;
atriles en fila,
brillos de metal,
cuerdas y arcos...
Están tan lejos,
pero su música se eleva
hasta el cielo.
Un pesado telón
separa el mundo
del amor y la traición,
y los sueños robados,
y los héroes y villanos,
que cobran vida en el escenario.
Un salón vacío...
candelabros repartidos,
aquí y allá;
un hombre enciende las velas
mientras un coro ensaya,
tras el decorado.
Paisajes de tela,
luces dispuestas,
convertidas en el reflejo plateado
de la luna,
entrando por una ventana.
La prima donna
calienta la voz;
será su gran noche,
su debut,
en la piel de Violeta...
Violeta,
la mujer que ama,
la heroína de otro tiempo,
persiguiendo el amor,
en brazos de Alfredo.
El reloj corre,
las luces se apagan
y los querubines se esconden;
es tiempo de escuchar...
Cesa el revoloteo de abanicos
y los murmullos del público.
El director mira a los músicos
y asiente,
antes de empezar.
Suena el preludio,
sube el telón
y no existe nada,
salvo París,
una fiesta en casa de Violeta;
y todo es real,
tan real...
Margherita,
asomada a la ventana,
escucha las notas
que se deslizan,
desde el piano,
como una caricia...
Los pináculos de Duomo
remontan el vuelo,
hacia el cielo nublado;
Milán envuelta en grises,
en canciones y voces
de quienes recorren sus calles,
Milán, tierra de promesas,
de sueños por cumplir.
Margherita ve pasar los días,
los meses caen
sobre las hojas de los árboles,
desgrana,
en oraciones,
el sueño del éxito,
de aplausos en La Scala;
plegarias de días y noches,
contemplándole,
ante el piano,
componiendo.
Busseto está tan lejos,
pero aquí,
en Milán,
está la gloria...
Noemi Valle
Margherita Barezzi fue la primera esposa de Giuseppe Verdi, a quien animó a vivir en Milán, para que encontrara la fama como compositor, convencida de su valía. Murió muy joven, el 18 de junio de 1840, con solo veintiséis años.
Mi abuelo me hizo descubrir la ópera, hace muchos años. Y ahora quiero dedicarle mi aria favorita, de la que se ha convertido en la ópera que más me gusta: L'Orfeo, de Claudio Monteverdi. Para ti, abuelo, por todo lo que me has enseñado.