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lunes, 13 de abril de 2020

Feliz cumpleaños, mamá



Llevamos encerrados muchos días. Hubo un momento en el que se hizo evidente que iba para muy largo; pasó el día del padre y tuve la suerte de ver al mío por videoconferencia. Sí, digo que tuve suerte, porque está sano y salvo en su casa, a pesar de su Parkinson y lo que le cuesta dejar de ir a hacer sus actividades en la asociación. Luego llegó mi cumpleaños y no lo pudimos celebrar tampoco como me hubiera gustado, pero mi familia me felicitó, y volví a pensar en que están todos bien, y eso no lo puede decir todo el mundo. Y llegó el cumpleaños de mi madre... Otro día especial que no podremos abrazarnos. No podremos felicitarla en persona, llenar su rostro de besos, ni comer tarta, aunque yo cantaré cumpleaños feliz, como siempre, y haremos planes para cuando podamos celebrarlo. Ella se emocionará, y echaré de menos sus ojos verdes.

Sí, estos días son extraños, pensamos mucho, intentamos pasar este trance lo mejor posible, imaginamos qué haremos cuando toda esta pesadilla acabe y entre otras cosas, pensamos en ver a nuestros seres queridos. Abrazarles, seguro que llorar de alegría y por todo el tiempo que nos ha robado la pandemia. Veré a mi sobrina, de la mano de sus padres y será tan alta, que querré regalarle ropa de Disney, como cuando estaba a punto de nacer y yo miraba los pijamas de Frozen. Y mi hermana, siempre tan aguda, con sus frases certeras, rubia y guapa, como siempre ha sido, mi consejera... Hablaré con mi cuñado de estos días extraños, de las preocupaciones pasadas. Y mis padres, a los que a veces echo la bronca, cuando veo que no se cuidan, pero a los que quiero, y tengo la suerte, sí, la suerte de tenerles bien, a pesar de sus achaques. Les abrazaré y ellos me seguirán viendo como esa niña con coletas, y sé que serán felices de nuevo. Y mis tíos, mis padrinos, tan importantes para mí, que me han regalado la visión de otras cosas, mientras vivían en el extranjero, me han ayudado a soñar con otros lugares con los que soñar.

Todos están en sus casas, llevando estos momentos de encierro como pueden, intentando que la distancia sea menor, gracias a las llamadas. Pero tened por seguro que cuando podamos, celebraremos todo juntos, esos cumpleaños pendientes, y aunque toda esta experiencia nos cambiará a todos, será maravilloso volver a vernos, volver a comer una tarta preparada por Fernando.

Feliz cumpleaños, mamá. Te quiero mucho.



Amalia N. Sánchez Valle

lunes, 15 de julio de 2019

Memoria encapsulada



El tiempo no se detiene, por mucho que luchemos contra él, pero en la memoria quedan algunos momentos suspendidos, como tesoros guardados en un baúl. Está la voz de barítono de mi abuelo, asomado a este ventanal, recordando sus días de montañero, en su juventud, la voz de mi madre, su hermana y mi abuela, desde el piso de abajo, organizando la comida. También están los amaneceres que he contemplado, desde este mismo ventanal, mientras los demás dormían y que siempre llevaré en mi memoria, aun cuando pasen muchos años y otros habiten esta casa.







Amalia N. Sánchez 



sábado, 6 de julio de 2019

Benasque



Si pudiera detener el tiempo en un momento concreto, elegiría ese día, en Benasque, con el ser más leal y cariñoso del mundo, observándome lo alto de la escalera. No solo la echo de menos a ella, mi Luna, con sus enormes ojos verdes y su nariz rosa, sino a los días felices que pasé en esa casa.

Llegado el momento en el que tengo que hacerme a la idea de que es la despedida, intento atesorar todos los recuerdos que viví allí, tan felices. Desde la primera vez que me bajé del coche y contemplé el paisaje, las montañas que custodian el valle, el vuelo de un águila, que parecía saludarme desde el cielo, el rumor del río... Respiré hondo y mis pulmones se llenaron de vida.

Recuerdo los paseos con mi abuelo, por la noche, mientras nos hablaba de su infancia, con el perfil de las montañas recortado contra el cielo estrellado, con la canción del río, los grillos y los cárabos. Mi hermana y yo escuchábamos la voz grave y llena de cariño de mi abuelo, narrando sus travesuras de la infancia, las noches en las que su madre cosía los vestidos, dejándose la vista y su primer trabajo, en una tienda de tejidos, con un jefe al que  llamaban "el tío miserias".  

Es imposible olvidar las tardes devorando libros en el ático, y cómo leí Las Nieblas de Avalón y La Muerte de Arturo aquel verano en el que me obsesioné con Excalibur. Quería ser la Dama del Lago y atrapar a Merlín en la cueva, con mis hechizos, admirar a Arturo y recogerle, para velarle en Avalon. Y mientras leía, soñaba despierta durante mis paseos por el bosque... Era un sendero mágico, donde solo yo veía a los seres que lo habitaban; escuchaba la brisa acariciando las hojas de los árboles, el crujido de alguna rama bajo mis pies y mi respiración. Las hadas y los duendes me contemplaban en silencio, inmóviles, para no ser descubiertos. Yo quería llegar a un claro y tumbarme en la sombra, respirar el aire fresco y cerrar los ojos por un momento y escuchar, solo escuchar... Disfrutar de la paz del bosque, despertando mis sentidos. 

Mi adolescencia, con mi hermana, hablando de chicos, bañándonos en la piscina, leyendo cómics en el ático, y las excursiones, que me hicieron enamorarme para siempre de la montaña, esos momentos y los amaneceres que yo contemplaba desde el ventanal, quedarán para siempre en mi memoria, aunque la puerta de esa casa se cierre para mí, para siempre. El lugar con el que siempre soñé será el paraíso perdido, el lugar en el que quedarán los ecos de las voces de mis abuelos y los momentos felices que he pasado allí, donde me he inspirado para escribir, he amado, he cantado y he contemplado las montañas, perdida en mis pensamientos. Mis recuerdos seguirán conmigo, hasta el final.



Amalia N.Sánchez Valle

miércoles, 22 de octubre de 2014

Los seres queridos (poema)





Crecer es decir adiós
y ver cómo el alma,
dolorida,
que anida en mis entrañas
se aferra a los recuerdos;
sensaciones que no volverán jamás.
Mis brazos se cierran al vacío,
intentando aferrarme
a quienes ya no volverán...
Mi corazón aúlla
como un animal herido,
cuando la mente me recuerda
las pérdidas de mi vida
mientras camino hacia adelante,
sintiendo que junto a mi sombra,
caminan ellos,
invisibles y no obstante presentes,
habitantes de mis entrañas,
dueños de un mundo onírico
que les trae,
tan reales a veces,
a verme.
Susurrándome desde una foto,
acariciando mi cara,
con manos invisibles,
campando a sus anchas en la memoria
que en noches como esta,
me mantiene despierta...



Amalia N. Sánchez Valle




lunes, 18 de junio de 2012

Deteniendo el tiempo (Relato)


"Silencio, chicos, ¿no veis que estoy trabajando?" Decía mi madre, cosiendo bajo una débil luz, un vestido que entregaría a una marquesa, clienta suya. Se pasaba días enteros trabajando, dejándose los ojos en aquellas telas delicadas. Mis hermanos y yo estábamos corriendo por el pasillo, peleándonos; no nos dábamos cuenta de sus esfuerzos. Ahora, muchos años después, me parece verla, con sus manos menudas enhebrando las agujas y marcando la tela con su jaboncillo, antes de cortar los patrones de lo que sería un vestido para un baile de una mujer con mejor posición social. Yo la contemplaba, bebiéndome la leche de la merienda y ella levantaba a veces la vista y me sonreía. Ese rostro, cansado pero entrañable se me quedó grabado en la memoria. Sus mejillas no estaban sonrosadas y las ojeras enmarcaban su mirada, pero siempre que me escuchaba cantar, durante las misas, me sonreía desde su banco. En esos momentos parecían borrarse las travesuras que había cometido con mis hermanos. Mi madre era menuda y aparentemente delicada; caminaba con gracia y siempre mantenía su peinado y su vestido impolutos. Sí, me parece volver a verla, sentada en la cocina, cosiendo junto a su hermana y desearía detener el tiempo en ese momento, por una vez. 


Noemí Valle. 
Mi homenaje a mi abuelo y a mi bisabuela Pilar.