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martes, 10 de febrero de 2026

Ovidia (Reedición)

 


Le dediqué este relato a mi querida maestra, Ovidia, la mujer que me ayudó tanto en mi infancia, con su cariño, paciencia y profesionalidad, una maestra vocacional que supo transmitir unos valores que no volví a encontrar en mis años de estudiante. He imaginado cómo habría sido su último día como maestra, he cambiado algunas situaciones y he utilizado algunos recuerdos propios para recrear y celebrar su vida. Ovidia era una mujer excepcional, a la que siempre recordaré. 

Os comparto, tanto el relato como la grabación que realicé, con mucho cariño. Lo tenéis en Spreaker y en Spotify. Os animo a comentar y a suscribiros a mi podcast


Image by Thomas G. from Pixabay 




 


   


  Los niños entraron en el recinto de la escuela con las mejillas enrojecidas por el frío; algunos se despedían de sus padres, que les contemplaban desde la puerta, otros hablaban de su equipo de fútbol favorito, o de los deberes y entre la algarabía de voces infantiles, había sitio para el intercambio de cromos de Mazinger Z, antes de entrar en el aula.

Una vez dentro, algunos se arremolinaron en torno a un compañero, que escondió una caja de bombones detrás del pupitre. “Le van a encantar”, dijo un niño muy alto, con las orejas de soplillo y todos asintieron. “Jo, no sé cómo vamos a aguantar sin comérnoslos”. “Guárdalo bien, que no nos pille”, dijo el que vigilaba la puerta, mirando alternativamente al pasillo y al interior del aula. “¡Que viene la seño!” Todos se sentaron en sus pupitres y sacaron los cuadernos y los lápices, riéndose con complicidad.

Por el pasillo resonaron los pasos firmes de la profesora, que sonrió cuando vio a lo lejos a su alumno, entrando precipitadamente en el aula. Sujetó con fuerza los libros que llevaba bajo el brazo y se dirigió, por última vez a dar clase. Según se acercaba, escuchaba las voces de los niños, sus risas y también las discusiones de siempre entre los que no se llevaban tan bien. Sintió ternura. Llevaba su traje de chaqueta con falda, como siempre, desde que la destinaron en aquel pueblo y sus zapatos de tacón. Era la más elegante del colegio, como decían las madres de los alumnos de distintas promociones. Y también era la más apreciada, por su cariño y su paciencia.

Su voz era pausada y agradable, ya estuviera dictando a sus alumnos, o explicando las fracciones, pero también era firme cuando tenía que poner orden. Esa mañana, por primera vez en muchos años, sintió que le temblaban las piernas y que le costaría llegar hasta el final de la clase sin llorar. Respiró hondo antes de entrar en el aula y se encontró con los rostros de todos sus alumnos.

Algunos se habían peinado más que de costumbre y todos mostraron una sonrisa que delataba nerviosismo. “Buenos días”, dijo ella y todos la contestaron al unísono, sonriendo todavía más. La profesora ocupó su sitio y se fijó en el rostro de Alberto, ese niño que siempre se había portado peor que los demás, salvo en los últimos meses. “Le voy a echar de menos al final”, pensó ella, recordando las discusiones de Alberto con sus compañeros y las veces que había hablado con sus padres.

Alberto le devolvió la mirada y sintió un nudo en la garganta; sabía que el lunes tendría otra profesora y que tendría que acostumbrarse a ella.

Chicos, sacad el libro de Naturales”, dijo ella. Se escucharon algunos suspiros y resoplidos y el sonido de las páginas pasando rápidamente. “Venga, no protestéis, si no, no leeremos el siguiente capítulo de Jim Botton y Lucas el Maquinista.”

Señorita, ¿puedo leer yo?” preguntó Beatriz, con el dedo en alto; los demás niños la hicieron burla, bajo la mirada retadora de esta. “Sí, Beatriz, empieza la Unidad Ocho”, contestó la profesora. La niña sonrió a Ovidia, que recordó lo tímida que era al principio, cuando empezó el curso. Ni siquiera se atrevía a hablar y cuando lo hacía, tartamudeaba un poco. Cuánto había cambiado esa niña. Durante todos sus años de profesión había visto el progreso de muchos niños, que superaban con ella el miedo a las matemáticas, a leer o a salir a la pizarra y sentía el orgullo de saber que, de alguna forma, les había ayudado a ser buenos alumnos de instituto e incluso de universidad. Le alegraba ver a algunos, ya crecidos, saludándole por la calle, recordando a su señorita Ovi.

Llevaba tantos años enseñando en ese mismo aula, viendo cómo cambiaban los planes de estudio, a tantos niños que vivían en ese pueblo. Ella se había acostumbrado a la vida en la Sierra, a pesar de haber nacido en la ciudad. Al principio le pareció que le iba a faltar todo, los grandes edificios, las tiendas a las que solía ir, las luces de la ciudad, pero con los años se acostumbró a los cielos estrellados, a no escuchar el ruido del tráfico, a ver cómo se ponía el sol tras las montañas, a las casas de piedra en vez de las torres y los edificios con cariátides en las fachadas. Y también a ver a tantos alumnos que tenían que seguir estudiando lejos de su escuela, a medida que crecían.

La voz de Beatriz sonó monótona en el aula, mientras los pensamientos de la profesora iban de un rostro a otro, recordando a sus primeros alumnos, recién llegada al pueblo. Los de ahora, los últimos, se parecían a esos otros niños. Algunos eran tímidos, otros no paraban de hablar y tenía que reprenderles, algunos eran muy inteligentes y le sorprendían con sus preguntas, que a veces le ponían en serias complicaciones, y que ella imaginaba como futuros científicos y otros necesitaban mucho apoyo y cariño para estar al nivel de los demás. Todos eran ajenos al sufrimiento que sentía en ese instante.

Después, les explicó lo que la niña había leído sobre la fotosíntesis; algunos parecían absortos, en la lección, otros se distraían con facilidad. Y tras la lección de Naturales, llegó la clase de Matemáticas, para la que Alberto salió a la pizarra a resolver los problemas sobre fracciones, mirando por encima del hombro a Beatriz. Alicia, sentada junto a ella le dijo algo al oído y ella sonrió. “Siempre rivalizando”, pensó la señorita Ovi. Parecía mentira que ese niño, al que le costaba tanto estudiar esa asignatura, hubiera logrado entenderla.

A la clase de matemáticas le siguió la de Sociales, con los mapas de los ríos y después el recreo; mientras los niños jugaban en el patio, en grupos, la señorita Ovi se sentó junto a su compañera Gloria para vigilar que no les ocurriera nada.

¿Qué tal estás?”, preguntó Gloria. “Bien, es un poco triste, pero estoy bien.” Ovidia se quedó en silencio por unos momentos, contemplando a Daniel y Juanjo intercambiando cromos, a Israel hablando con Amalia, Alicia, Beatriz y Paula, saltando a la comba, mientras María y Cristina charlaban, sentadas en un rincón y Alberto y David corrían por el patio. Algunos comían un bocadillo y todos sonreían, con esa despreocupación que caracteriza a los niños.

Espero que se acostumbren bien a mi sustituta”, dijo finalmente, sintiéndose triste. “Ya verás como sí, los niños se acostumbran bien a todo.” Ella asintió, pero no pudo evitar una punzada de decepción. “Y ahora, ¿qué vas a hacer, volverás a Madrid?” Ovi miró el reloj y a la vez que hacía una seña a sus alumnos para que volvieran a clase, dando la espalda a su compañera, contestó. “No, me quedo aquí.”

Una vez de vuelta a clase, continuaron con la lectura del libro de ese trimestre, Jim Botón y Lucas el Maquinista, de Michael Ende, que les divertía mucho a todos. Algunos estaban absortos en las aventuras de los personajes y dejaban escapar risas espontáneas. Después tuvieron la clase de Lengua y la de Trabajos Manuales. Contempló a sus alumnos haciendo sus proyectos de porta lápices, los pompones de lana y los jarrones de arcilla. Algunos discutían y parecían inquietos. “¿Qué os pasa? No discutáis, que no quiero enfadarme con vosotros.”

De pronto un niño se puso en pie. “¿Qué te pasa Daniel?”, preguntó ella, mirándole por encima de las gafas. “Señorita, tengo que decir algo.” Ella le miró sorprendida y el resto de los niños empezó a cuchichear, moviéndose en sus pupitres. “¿Qué quieres? Y vosotros, ¡silencio!”

Daniel se puso colorado y salió de su pupitre escondiendo algo; los demás le hicieron todos un gesto con las manos para que se acercara a ella. “Como soy el delegado tengo que decir algo de parte de todos...” Ella le miró, sonriente. Sabía que algo tramaban. Caminó hacia él y se agachó un poco. “Daniel, ¿qué queréis decirme?” El niño empezó a sentir un nudo en la garganta y a ruborizarse, y sacó la caja de bombones muy deprisa.

¡Te vamos a echar de menos!” dijo, finalmente y comenzó a llorar. Ovi se contuvo para no hacer lo mismo y le acarició en el pelo. A su alrededor, algunos alumnos también lloraban y los demás estaban en silencio, con los ojos húmedos. Ella acompañó a Daniel a su pupitre y sintió que momentos como ese hacían que mereciera la pena su trabajo. Tal vez esos niños no la recordaran al cabo de los años, pero ella sí les tendría en su memoria para siempre.

Niños, ya sabéis que el lunes viene otra profesora nueva, porque yo me jubilo...” dijo ella, de pie, junto a la pizarra. Todos la miraron, expectantes, en silencio. “¿Qué es jubilarse?”, preguntó Alberto. “Significa que cuando se cumple unos años, dejas de trabajar”, explicó la profesora. Un murmullo recorrió el aula. “Eso le pasó a mi abuelo”, dijo alguien. Ovi no pudo evitar que una sonrisa se escapara de sus labios. Daniel se limpió el rostro y se sonó la nariz con el pañuelo.

Vuestra nueva profesora tiene que ver lo bien que os portáis, no quiero que hagáis travesuras, ni que habléis en clase.” Ellos asintieron con la cabeza, todos a la vez. “Además tenéis que seguir haciendo los deberes, y estudiando, para que yo me sienta orgullosa de vosotros.” Todos permanecieron en silencio, mientras ella sentía que le temblaban las piernas.

¿Y ya no volveremos a vernos?” preguntó Alberto, con semblante triste. “Claro que sí, yo me voy a quedar en el pueblo y os veré por la calle.” Un murmullo de satisfacción fue pasando de un pupitre a otro, hasta llegar a ella, que respiró hondo.

Los niños pasaron el resto del día preguntando cosas a su profesora, que repartió los bombones que le habían regalado. Todos recuperaron las sonrisas en sus rostros infantiles y se despidieron de ella con un beso en la mejilla.

Cuando se quedó sola, cerró la puerta y se sentó un momento en su silla; contempló los pupitres vacíos, recordó los rostros de tantos y tantos alumnos y se quitó las gafas para limpiarse los ojos con un pañuelo. Echaría de menos las preguntas de los niños, sus ocurrencias, la alegría que sentían el día que llegaban las vacaciones de verano y sobre todo, echaría de menos los logros conseguidos por ellos.

Se puso en pie y borró el encerado, hasta que no quedó ni rastro de las cuentas de Matemáticas. Ahora sería otra persona la que ocuparía su lugar.

Cuando salió del aula, cerró la puerta y todo quedó en silencio.






Amalia N. Sánchez Valle

lunes, 20 de octubre de 2025

NESPERENNUB (REEDICIÓN)

 



Imagen de Kathleen Pirro en Pixabay

“Nesperennub, despierta y contempla mi rostro, soy Anubis, el Señor de todas las Necrópolis, vengo a llevarte ante el Tribunal de Osiris, para que juzgue tus actos. Tu alma ya ha volado, como un pájaro y tu cuerpo será embalsamado, para que mores para siempre junto a los dioses, si eres digno de ello, si no, te espera la segunda muerte, devorado por la serpiente Ammit. Levanta, sígueme.”

El sacerdote descubrió que ya no le dolía la cabeza, por primera vez en varios días, desde que se la golpeó en una caída accidental. Lo último que recordaba era que tras el golpe se le nubló la vista; a su alrededor se escuchaban voces que le eran familiares, susurrantes. Los otros sacerdotes de Konshu, el dios de la luna, se arremolinaron a su alrededor y decidieron avisar a un médico. Después de escuchar eso, se desmayó.

Cuando volvió en sí, intentó moverse; alguien a quien no podía ver, le sujetaba por los hombros y le colocaba una tira de grueso cuero entre los dientes, después de hacerle beber algo que le atontó. ¿Qué le ocurría, por qué sentía esa terrible presión en el cráneo, y después esos cosquilleos en los miembros, movimientos involuntarios de los dedos y sus ideas se iban haciendo confusas? No recordaba de repente su nombre ni sabía donde estaba.

Después de la trepanación, al abrir los ojos distinguió algunas luces y un rostro borroso junto a él; esa persona le daba de beber y le arreglaba el vendaje. Intentó hablar, pero no fue capaz de ordenar las palabras en su mente. El dolor seguía allí, agudo, embotando sus sentidos; dormía a ratos, pero no encontraba el descanso. Los otros sacerdotes susurraban palabras que no podía entender. Intentó recordar los nombres de sus padres, su vida, y no lo consiguió. Lloró y gimió, provocando que unas manos suaves le acariciaran el rostro. Él no quería eso, sino dejar de sufrir de una vez.

De pronto ya no podía respirar; el pecho le dolió, como si unas garras se le clavaran en el corazón y convulsionó. Perdió completamente el control de sí mismo, aunque le sujetaron. A su alrededor todo fue confusión, hasta que todo acabó.

El ba se desembarazó de su cuerpo mortal y salió al escuchar la voz de Anubis, que le tendía una mano, mientras su ka se quedaba con el difunto Nesperennub. “El cuerpo es un lastre”, pensó su ba. Siguió a Anubis por un pasillo formado por columnas con capiteles de papiros, ricamente adornadas por jeroglíficos y el suelo, dorado, brillaba más que el reflejo del sol en las arenas del desierto. La cabeza de chacal de Anubis le servía de guía en ese corredor, iluminado por antorchas.

Pronunció el Himno a Osiris, como decía el Libro de los Muertos y recordó las enseñanzas en el templo. Mientras caminaban para encontrarse ante Osiris y el resto de los dioses, una preocupación asaltó al ba de Nesperennub; si quería morar con los dioses y que todas las partes de su espíritu se unieran de nuevo, tenían que embalsamarle. Se preguntó si sus compañeros, los sacerdotes de su templo se harían cargo de su cuerpo, si su familia lo sabría. De pronto recordó los nombres de sus padres y de su difunto hermano, que ya había pasado por el juicio de Osiris. “Ojala fuera favorable”, pensó.

Llegaron a un gran salón de suelo de lapislázuli y oro, con estatuas y columnas policromas que parecían alzarse hasta el cielo. En el centro, sobre un trono elevado, se sentaba el Gran Dios, Osiris, contemplándole con su rostro verdoso, que contrastaba con su blanco vendaje. Estaba muerto, como él, pero era el juez de todos los corazones mortales. Sobre su cabeza llevaba la corona y en sus manos, el callado y el látigo. “Estoy ante El que Continúa Siendo Perfecto”, pensó Nesperennub, postrándose ante él, sin que Anubis se lo indicara. Sabía que Osiris era el juez supremo y que de él dependía todo.

El dios con cabeza de chacal se hizo a un lado y presentó al ba de Nesperennub, que no se atrevía a contemplar el rostro del dios difunto, tan poderoso era. La voz atronadora de Osiris reclamó que contestara a las preguntas de los dioses; el sacerdote recordó las historias que le habían contado sobre el Juicio de Osiris y asintió con la cabeza. Miró de soslayo a Anubis, que colocaba su corazón en un platillo de la balanza y supo que dependía de sí mismo para que las culpas no le hicieran perder el favor de los dioses; en función de sus respuestas, la balanza se inclinaría en su favor, o haría que su corazón pesara demasiado, condenándole a la segunda muerte.

Una voz femenina pronunció su nombre y él no pudo evitar mirar el rostro de Isis, que se sentaba junto a su esposo, Osiris. Era mucho más bella que como él la había imaginado. Él respondió a las preguntas que le formularon, mientras colocaban la pluma de Maat en el otro platillo de la balanza. Después, con voz temblorosa, Nesperennub, volvió a pronunciar otra oración del Libro de los Muertos.

“No he cometido iniquidad respecto de los hombres; no he matado a ninguno de mis parientes; no he mentido en lugar de decir la verdad; no tengo conciencia de ninguna traición; no he hecho mal alguno; a nadie he causado sufrimiento; no he sustraído las ofrendas a los dioses...”

Esperó, con la vista fija en el suelo; imaginaba lo terrible que sería enfrentarse a la segunda muerte, con su corazón en las fauces de Ammit. Si eso ocurriera, ¿qué pensarían sus padres de él? Les deshonraría, mancharía su nombre para siempre. Siendo muy joven, les había dejado para convertirse en sacerdote de Konshu y no había podido despedirse de ellos. Ya era demasiado tarde.

El escriba, que había escuchado atentamente las preguntas de los dioses y las respuestas de Nesperennub, entregó a Osiris el papiro en el que lo había escrito todo; el sacerdote recordó su vida en pocos segundos, consciente de que estaba a punto de escuchar el veredicto. “Gran Señor, no he sido perfecto, pero nunca he intentado dañar a nadie”, pensó. “He tratado de servir fielmente a Konshu, a mi templo, a mis compañeros, he seguido fielmente las reglas de los sacerdotes, me he despojado de mis cabellos cada día, os he venerado a todos los dioses y he hecho todas las ofrendas. No me condenéis a morir una vez más, dejadme ser inmortal, para seguir sirviéndoos.”

La voz de Osiris rompió el ensimismamiento del sacerdote, que sintió que sus miembros temblaban aun más. “Levántate, Nesperennub, y escucha mi veredicto, que es inapelable. Has respondido a las preguntas de los dioses y hemos pesado tu corazón; solo tú, con tu vida mortal has inclinado los platillos de la balanza, y el resultado es favorable. Viajarás al Aaru, donde morarás con nosotros, en un campo eternamente fértil. Emprenderás el viaje, pero has de saber que no será sencillo.”

Nesperennub se sintió feliz y recordó que ahora dependía de las oraciones de sus parientes y amigos y que preservaran su cuerpo; mientras emprendiera ese viaje, recordaría su vida, sus primeros pasos sobre la tierra, la puesta de sol en el desierto, el cariño de sus padres, su primer día como sacerdote de Konshu y los cánticos en el templo. Se llevaría todas esas experiencias para siempre, a la campiña eternamente fértil.



Escribí este relato en 2008 y lo he reeditado y he grabado para mi Podcast Cuentos Para Noches Estrelladas. 


domingo, 12 de octubre de 2025

Cinematógrafo (reedición y audio-relato)

 

Vuelvo a publicar mi relato Cinematógrafo con un enlace de la grabación que he realizado para mi podcast Cuentos para noches estrelladas.





La oscuridad de la sala contrastaba con la luz de aquella mañana de mayo. Las paredes estaban envueltas por grandes cortinas negras, salvo una, cubierta con un lienzo blanco. Varias filas de sillas habían sido dispuestas ante aquella tela nívea y detrás, en el centro, una especie de caja, sustentada sobre un trípode, parecía ser el proyector de las fotografías en movimiento de las que nos habían hablado. Por mucho que lo pensara, no podía imaginar que una simple fotografía, como todas las que había visto en mi vida, pudiera moverse. Me parecía una quimera. Pero yo no era el único periodista al que habían encargado escribir sobre el invento del que tanto se hablaba, el cinematógrafo. Si ese ingenio de los hermanos Lumière tenía éxito hoy, los demás madrileños podrían contemplar con sus propios ojos aquella novedad.

Si lo pensaba bien, yo era un privilegiado, porque iba a presenciar, junto a ilustres invitados, como el Embajador de Francia, el estreno, en el Hotel Rusia. No era como escribir la crónica del hallazgo de un cuerpo junto al Manzanares, el paso del ganado por la Cañada Real o el robo en el colmado de la esquina. Tal vez era cierto lo que se decía sobre ese ingenio que permitía ver fotografías en movimiento, y aunque yo era escéptico, mi profesión me obligaba a mantener la curiosidad ante cualquier acontecimiento. Eso es lo que me había llevado a buscar un trabajo en un periódico...

El hotel Rusia era un lugar distinguido para tan insólito acontecimiento; no era un teatro, pero Monsieur Alexandre Promio se había tomado muchas molestias para que todo fuera un éxito, alquilando aquella sala y cuantas sillas fueran necesarias para acomodar a todos los testigos de la exhibición. Saludé a mis compañeros de profesión con un gesto. Nos habían acomodado en la sala, inusualmente oscura, para poder dar testimonio de la primera proyección del cinematógrafo. Me pareció adivinar en sus caras la misma confusión que yo mismo sentía, ocupando una silla de la última fila, mientras los invitados más ilustres ocupaban las primeras, envuelto todo en esos cortinajes negros y pesados, en contraposición con el lienzo blanco. 

Estaba preguntándome cuándo empezaría el evento, cuando apagaron las luces y un sonido me sorprendió. Miré hacia atrás y el aparato del que iban a salir las fotografías en movimiento, se iluminó y un hombre con el rostro a contraluz, lo manejaba con una manivela. Esa luz, en la que flotaba el polvo, me hipnotizó por un momento y cuando miré hacia el lienzo blanco, no pude reprimir una exclamación de sorpresa, con la imagen de un tren. Se movía, realmente se movía... iA mi alrededor todo eran expresiones como "es imposible, no puede ser", otros se mantenían en silencio, con la boca abierta, sin poder dejar de mirar esas imágenes tan reales, intentando decidir si estaban soñando o no, y todos intentábamos mantener la compostura, resistiendo la tentación de acercarnos a las imágenes que se proyectaban ante nosotros. Hombres y mujeres caminaban muy deprisa en la estación junto al tren, que se había detenido. Eran tan reales, solo que en blanco y negro. Después pudimos contemplar el mar, desde una sala, en Madrid. Era algo inaudito ver el movimiento de las olas. Yo solo había estado una vez en la orilla del mar y recuerdo que me llamó la atención el olor y el sonido, que me resultó tan relajante. Ahora no necesitaba viajar para verlo. Quién sabe cuántas cosas más podrían hacer con ese invento, que me estaba resultando fascinante. 

No era el único que miraba fijamente la pantalla; los comentarios eran elogiosos y las exclamaciones se sucedían, según iban cambiando los cuadros, del paseo por el mar a la Avenida de los Campos Elíseos, o un concurso hípico, como explicó M. Alexandre Promio. Aquello era una maravilla que jamás me imaginé que pudiera existir. La luz del proyector devolvía esas imágenes en movimiento, con el sonido de la manivela, tan hipnotizantes, tan parecidas a un simple hechizo, pero que venían encerradas en esa caja de madera. ¿Cómo se les habría ocurrido a esos Lumière? 

Me costó salir de ese estado de fascinación y ensimismamiento, pero cuando conseguí despegar la mirada de la pantalla, me giré para volver a admirar ese invento prodigioso. El trabajo incansable de quien manejaba el proyector me pareció tan valioso como el descubrimiento de ese tren entrando en la estación, las olas del mar, o esas personas que habíamos visto caminar, ante nuestros propios ojos, a un paso más rápido del normal. Era como si hubiera contemplado un espectáculo de magia, grandioso y lleno de misterios. Y me pregunto, ¿volveré a contemplar alguna vez imágenes en movimiento? Espero que ese invento, esa sencilla caja de madera, accionada por medio de una manivela, tenga mucho éxito en los años venideros...



Este relato me lo inspiró el post de Javier Lucas Domingo, del maravilloso blog https://www.revivemadrid.com sobre la primera proyección en España del cinematógrafo.  


domingo, 15 de noviembre de 2020

Cinematógrafo (relato)



La oscuridad de la sala contrastaba con la luz de aquella mañana de mayo. Las paredes estaban cubiertas por grandes cortinas negras, salvo una, cubierta con lienzo blanco. Varias filas de sillas habían sido dispuestas ante aquella tela nívea y detrás, en el centro, una especie de caja, sustentada sobre un trípode, parecía ser el proyector de las fotografías en movimiento de las que nos habían hablado. Por mucho que lo pensara, no podía imaginar que una simple fotografía, como todas las que había visto en mi vida, pudiera moverse. Me parecía una quimera. Pero yo no era el único periodista al que habían encargado escribir sobre el invento del que tanto se hablaba, el cinematógrafo. Si ese ingenio de los hermanos Lumière tenía éxito hoy, los demás madrileños podrían contemplar con sus propios ojos aquella novedad. 

Si lo pensaba bien, yo era un privilegiado, porque iba a presenciar, junto a ilustres invitados, como el Embajador de Francia, el estreno, en el Hotel Rusia. No era como escribir la crónica del hallazgo de un cuerpo junto al Manzanares, el paso del ganado por la Cañada Real o el robo en el colmado de la esquina. Tal vez era cierto lo que se decía sobre ese invento que permitía ver fotografías en movimiento, y aunque yo era escéptico, mi profesión me obligaba a mantener la curiosidad ante cualquier acontecimiento. Eso es lo que me había llevado a buscar un trabajo en un periódico...

El hotel Rusia era un lugar distinguido para tan insólito acontecimiento; no era un teatro, pero Monsieur Alexandre Promio se había tomado muchas molestias para que todo fuera un éxito, alquilando aquella sala y todas las sillas necesarias para acomodar a todos los testigos de la exhibición. Saludé a mis compañeros de profesión con un gesto. Nos habían acomodado en la sala, inusualmente oscura, para poder dar testimonio de la primera proyección del cinematógrafo. Me pareció adivinar en sus caras la misma confusión que yo mismo sentía, ocupando una silla de la última fila, mientras los invitados más ilustres ocupaban las primeras, envuelto todo en esos cortinajes negros y pesados, en contraposición con el lienzo blanco. 

Estaba preguntándome cuándo empezaría el evento, cuando apagaron las luces y un sonido me sorprendió. Miré hacia atrás y el aparato del que iban a salir las fotografías en movimiento, se iluminó y un hombre movía una manivela. Esa luz, en la que flotaba el polvo, me hipnotizó por un momento y cuando miré hacia el lienzo blanco, no pude reprimir una exclamación de sorpresa, con la imagen de un tren. Se movía, realmente se movía... A mi alrededor todo eran expresiones como "es imposible, no puede ser", otros se mantenían en silencio, con la boca abierta, sin poder dejar de mirar esas imágenes tan reales, intentando decidir si estaban soñando o no, y todos intentábamos mantener la compostura, resistiendo la tentación de acercarnos a las imágenes que se proyectaban ante nosotros. Hombre y mujeres caminaban muy deprisa, junto al tren, que se había detenido. Eran tan reales, solo que en blanco y negro. Después pudimos contemplar el mar, desde una sala, en Madrid. Era algo inaudito ver el movimiento de las olas. Yo solo había estado una vez en la orilla del mar y recuerdo que me llamó la atención el olor y el sonido, que me resultó relajante. Ahora no necesitaba viajar para verlo. Quién sabe cuántas cosas más podrían hacer con ese invento, que me estaba resultando fascinante. 

No era el único que miraba fijamente la pantalla; los comentarios eran elogiosos y las exclamaciones se sucedían, según iban cambiando los cuadros, del paseo por el mar a la Avenida de los Campos Elíseos, como explicó M. Alexandre Promio, o el concurso hípico. Aquello era una maravilla que jamás me imaginé que pudiera existir. La luz del proyector devolvía esas imágenes en movimiento, con el sonido de la manivela, tan hipnotizantes, tan parecidas a un simple hechizo, pero que venían encerradas en esa caja de madera. ¿Cómo se les habría ocurrido a esos Lumière? 

Me costó salir de ese estado de fascinación y ensimismamiento, pero cuando conseguí despegar la mirada de la pantalla, me giré para volver a mirar ese invento prodigioso. El trabajo incansable de quien manejaba el proyector me pareció tan valioso como el descubrimiento de ese tren entrando en la estación, las olas del mar, o esas personas que habíamos visto caminar, ante nuestros ojos, a un paso más rápido del normal. A saber si este invento tendrá éxito en los años venideros, o si quedará en el olvido...


Agradezco a Javier Lucas Domingo, del maravilloso blog https://www.revivemadrid.com por la inspiración que su artículo sobre el cinematógrafo me dio para escribir este relato.  

Amalia N. Sánchez Valle


sábado, 28 de julio de 2018

Noche de eclipse





Seres que contemplan cómo la luna se tiñe de rojo, desde un montículo, desde la Plaza de Oriente, desde cada rincón de la ciudad, como selenitas que añoran volver a su casa. La luna se oculta y danza en el firmamento, llamando a la pasión, al misterio, a la contemplación de una diosa que vigila las mareas... El rojo sigue ocultando su brillo, pero no su magnetismo, hasta que poco a poco, se adivina una sonrisa plateada, que se va haciendo amplia, recortada sobre el cielo oscuro, en las fauces de la noche. 

Qué pequeña me siento, contemplando la belleza del eclipse; la luna asciende por el negro terciopelo y se deja ver, por fin en su plenitud. 

viernes, 27 de julio de 2018

Rayo de luna




La luz plateada se coló por la ventana y contempló al durmiente, ajeno a los dedos alargados y fantasmales de un rayo de luna. Se acercó a su rostro, acarició su pelo y trató de colarse en sus sueños, atravesando los párpados... Pero el durmiente continuaba muy lejos, en el reino de Morfeo. Le veía, envuelto en las sábanas, con su pecho subiendo y bajando al son de su respiración; la placidez le hacía más lejano. ¿Cómo se atrevía a no admirar su luz mágica? 
Comenzó a danzar alrededor del durmiente; jugueteó con la lámpara del techo y retó a una carrera a la oscuridad. La luz avanzaba, tiñendo de blanco la pared, los cuadros, el armario... Se rió como un niño travieso. La negrura fue ganando terreno, hasta que en unos segundos, el rayo de luna se desvaneció, despidiéndose con un beso. 


Amalia N. Sánchez Valle

lunes, 15 de julio de 2013

They danced (Tale)



She danced to the music and was carried by her dreams, mingling with butterflies that were fluttering in the garden and shamelessly caressing flowers, before nightfall. The fast spinning air and she heard the voices of the other fairies, who had come to the party after her, and joined in their dance to the music of the trees and birds. "Hopefully tomorrow everything remains here," she thought, watching the flowers closed and everything was lit by the splendor of the fireflies.


Noemí Valle

jueves, 10 de enero de 2013

Trinchera (Relato)















Tecleo y tecleo palabras huecas. Es mi trabajo. Eso es lo que pienso para consolarme por el tiempo perdido entre impresoras, sellos, comerciales que se acercan a mi mesa para pedirme que le de prioridad a lo suyo, a su cliente, "que es muy importante". Todos dicen lo mismo, mientras se colocan bien la corbata de diseño convencional, marca Meridio Nucci.

Hace un frío horrible, como cada mañana, sea el mes que sea. Ese aire acondicionado y yo tenemos una guerra cuyas batallas gana él, invariablemente. Me duele el cuello y los dedos siguen tecleando algo que me importa un bledo, sobre una maravillosa línea de ADSL para empresas que les va a llevar a otra dimensión tecnológica. Y a un módico precio cada mes. 

Y ahí está ella, mi superior, hablando y hablando por teléfono, mandando correos electrónicos a sus amigas, mientras yo sigo redactando tonterías varias. En cualquier momento lo dirá... Ya lo ha dicho. "¿Tú estás tontito, Felipe?" Miro de reojo a un lado y otro y nadie parece reparar en que esta mujer pronuncia todos los días y varias veces la frase "Felipe, tú estás tontito". Y yo me pregunto cómo es ese hombre que aguanta a una mujer de gesto hosco, que le llama tontito. Alguien que no me habla más que por correo electrónico, aunque estoy sentada enfrente de ella, que se esconde tras esa cortina de pelo negro y unas gafas de pasta que la mantienen alejada de mí. ¿Cómo será Felipe Tú Estás Tontito? ¿Lo será? ¿Será tontito de verdad...? En todo caso tiene que ser un hombre con una vena masoquista muy acusada. 

Sigo tecleando, con el frío cogiéndome del cuello y los hombros. Siempre frío. Y ADSL, y Felipe Tú Estás Tontito. Me siento como si formara parte del mobiliario de la oficina. Miro por la ventana y suspiro...



Noemí Valle

lunes, 18 de junio de 2012

Deteniendo el tiempo (Relato)


"Silencio, chicos, ¿no veis que estoy trabajando?" Decía mi madre, cosiendo bajo una débil luz, un vestido que entregaría a una marquesa, clienta suya. Se pasaba días enteros trabajando, dejándose los ojos en aquellas telas delicadas. Mis hermanos y yo estábamos corriendo por el pasillo, peleándonos; no nos dábamos cuenta de sus esfuerzos. Ahora, muchos años después, me parece verla, con sus manos menudas enhebrando las agujas y marcando la tela con su jaboncillo, antes de cortar los patrones de lo que sería un vestido para un baile de una mujer con mejor posición social. Yo la contemplaba, bebiéndome la leche de la merienda y ella levantaba a veces la vista y me sonreía. Ese rostro, cansado pero entrañable se me quedó grabado en la memoria. Sus mejillas no estaban sonrosadas y las ojeras enmarcaban su mirada, pero siempre que me escuchaba cantar, durante las misas, me sonreía desde su banco. En esos momentos parecían borrarse las travesuras que había cometido con mis hermanos. Mi madre era menuda y aparentemente delicada; caminaba con gracia y siempre mantenía su peinado y su vestido impolutos. Sí, me parece volver a verla, sentada en la cocina, cosiendo junto a su hermana y desearía detener el tiempo en ese momento, por una vez. 


Noemí Valle. 
Mi homenaje a mi abuelo y a mi bisabuela Pilar.

martes, 9 de febrero de 2010

Highlands (5) Relato

Siento la tardanza en escribir la continuación, pero he estado muy liada y no he podido hasta ahora. Ahí va:

Unos pasos se aproximaron a la puerta y me acobardé; comencé a mirar a un lado y a otro, por si encontraba un lugar en el que esconderme, pero fue demasiado tarde. El quejido de la madera sobre los goznes me sobresaltó y me quedé sin respiración por un momento, en el que pude escuchar los latidos de mi corazón. Mi mente se quedó en blanco cuando me encontré ante una anciana de aspecto venerable y voz dulce. No serviría de nada inventarse una excusa barata para poder entrar en el castillo, como tal vez habría hecho alguien con más desparpajo que yo. De pronto, mis reflejos se habían paralizado completamente.

-Buenas tardes, ¿desea entrar, señorita?- dijo ella, mirándome como si mi presencia allí fuera esperada.
-Eh, yo... bueno, sí, si se puede...-mi voz sonó totalmente infantil, y me sentí estúpida. Ya me imaginaba lo que pensaría aquella anciana de mí, una curiosa que se queda atontada, y que no es capaz más que de balbucear.

La mujer me dio paso a un enorme vestíbulo apenas iluminado por la débil luz de dos quinqués, que titilaban proyectando sombras caprichosas en los recios muros de piedra. Se encontraban sobre un mueble de madera maciza, que hacía juego con un banco de aspecto incómodo, aunque bonito, con tallas en el respaldo. "Sígame", dijo la anciana. Llegamos a una biblioteca presidida por el retrato de un caballero, ataviado con el traje éscocés, que acariciaba la cabeza de su perro. La chimenea estaba encendida y sentí todo el calor en el rostro, cuando me acerqué a ella, mientras seguía a la mujer. Me fijé en los altos techos, cubiertos de madera y en las ventanas, de estilo gótico. Parecía un lugar perfecto para perderse en la lectura de los volúmenes que abarrotaban las librerías.

-No es usted de aquí, ¿verdad?-dijo ella, mientras se detenía delante de unas escaleras imponentes y que yo miré, embobada.
-No, estoy de viaje...
-Ah, excelente, ¿le gusta Escocia?
-Sí, mucho.

Mis rodillas seguían temblando, a pesar de la cordialidad con que me estaba tratando la anciana, y me parecía estar viviendo una situación muy extraña; allí estaba yo, en el interior de un castillo particular, como una intrusa, y la mujer parecía verlo como algo normal, como si estuviera acostumbrada a que personas impulsivas como yo se dedicaran a hacerles visitas.

-Sepa que este castillo se construyó en el siglo XVIII, y que no ha cambiado de dueños nunca, de lo que se enorgullece nuestra familia.
-Eso es estupendo, supongo que será difícil mantenerlo en tan buen estado...
-Bueno, es nuestro patrimonio, debemos mantener lo que nuestros antepasados nos legaron, generación tras generación.

Me fijé en la anciana, de actitud amable y aspecto noble. Se parecía mucho a una joven que estaba retratada en uno de los cuadros que había en uno de los muros. "Probablemente sea ella", pensé. En ese momento debió de leerme el pensamiento, porque se colocó junto a la pintura y su rostro se iluminó con una sonrisa. "Esta era yo, antes de casarme, hace tantos años..." Yo sonreí también y me fijé en el resto de los retratos.

-Déjeme que le enseñe el resto del castillo. No verá otro mejor conservado que este-dijo, señalándome la sala contigua.

Continuará...



jueves, 28 de enero de 2010

Highlands (4) Relato

Ya había dejado atrás el lago y mis pasos me iban acercando al castillo imponente que se alzaba ante mí. Su silueta oscura se apoderaba del resto del paisaje y una vocecilla dentro de mí me decía que tenía que entrar, y no conformarme con admirarlo desde fuera. Sí, ya que había llegado hasta la entrada principal, tenía que  llegar más lejos.

"¿Y qué voy a decirle a quien viva allí?", me dije a mí misma, vacilando por un momento, mientras atravesaba el patio de la entrada principal. "Van a pensar que estoy loca, y yo misma estoy empezando a dudar de mi cordura, en qué líos me meto..."

Había un parterre de cesped bien cuidado y junto a él, un coche aparcado; parecía un modelo antiguo de Rolls Royce, de color negro. Aunque nunca me había sentido atraída por el mundo del motor, tuve que reconocer que aquel vehículo era imponente. No cabía esperar otra cosa en un lugar como aquel.

En mi cabeza se cocinaban toda clase de ideas sobre qué decir o qué hacer, y cuando me quise dar cuenta, mi mano estaba agitando con fuerza la aldaba de la puerta. Aguanté la respiración por un momento, y escuché pasos al otro lado de la gruesa madera.


Continuará...

lunes, 25 de enero de 2010

Highlands (3) Relato




A medida que iba caminando hacia el castillo, más curiosidad sentía por lo que podía encontrar allí. A mi mente acudieron las leyendas y las historias que había leído desde niña, repletas de seres sobrenaturales que caminaban entre las ruinas de castillos y abadías. Un lugar perfecto para mí. Nunca me dio miedo lo invisible, sino las amenazas cotidianas, las incertidumbres que asedian a cualquiera hoy en día y que me robaban el sueño en aquella época. Para mí, llegar a descubrir si era capaz de ser feliz era más aterrador que encontrarme con un fantasma que recorriera los pasillos de un castillo olvidado. Eso, la paz interior es más difícil de lograr que cualquier cosa...

Dejé atrás las flores amarillas que crecían en la orilla y llegué a un sendero que se alejaba del lago; cada vez la silueta de aspecto imponente de aquellos muros se hacía más grande y parecía que se me iba a venir encima. Caminé más deprisa, deseosa de llegar a la puerta principal. Necesitaba entrar y contemplar de dónde provenía la luz que bailaba de una ventana a otra sin cesar, como si de una libélula se tratara.

Continuará...


jueves, 21 de enero de 2010

Highlands (2) Relato

Scotland Pictures, Images and Photos

Decidí buscar la forma de llegar a la otra orilla del lago, y entrar en el castillo. Su silueta se recortaba contra el cielo crepuscular, lleno de nubes que amenazaban tormenta. Caminé junto a la orilla del lago, buscando con la mirada un sendero que me llevase sin complicaciones, bordeando las aguas de color plomizo.  El amarillo de las flores que se atrevían a crecer en aquel paraje se iba apagando, a medida que el sol desaparecía tras las montañas.

Sabía que podía haberme metido de nuevo en el coche, y desaparecer de un lugar tan solitario, pero el castillo seguía llamándome, desde la otra orilla, y esa débil luz que seguía revoloteando de una ventana a otra. Era uno de esos impulsos que a veces no podía evitar cuando me sentía con la necesidad de huir de la vida cotidiana. Sabía que aquello era extraño, pero había salido de mi burbuja por un momento para fijarme en esos muros que se alzaban contra el desafío del tiempo. Un solitario gigante en medio las montañas, reflejándose en las aguas frías del lago.

Continuará...

domingo, 17 de enero de 2010

Highlands (relato)

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highland castle Pictures, Images and Photos


Y llegaron los fríos, en aquella tierra soñada; todo cuanto se extendía ante mis ojos era belleza y calma. Me senté sobre un tronco caído y contemplé el castillo que se alzaba, a lo lejos, que reclamaba mi atención desde la otra orilla del lago, como si una voz apenas audible me llamara, desde allí. Una luz jugueteaba desde una ventana a otra, como el vuelo de las luciérnagas. Tal vez debía ir, y entrar en el castillo, porque parecía darme la bienvenida...

Continuará.

viernes, 18 de diciembre de 2009

El final del relato, por fin. Título: El final del camino

El ladrido del perro la despertó, y cuando se incorporó en el sillón habían empezado a despuntar las primeras luces del alba. La joven se desperezó y recordó lo que le había ocurrido la noche anterior, su angustia por haberse perdido, el frío que empezó a entumecerla en cuanto se puso el sol y las dudas sobre si pedir ayuda a la anciana o no. Finalmente había sido una decisión acertada, y cualquier duda sobre si debía fiarse o no de ella se había despejado.

Se puso de pie y se frotó el cuello con la mano; había dormido con la cabeza ladeada y le molestaba un poco. Tras las ventanas probablemente le esperaba un bonito paisaje, mucho más que por la noche, tan solitario... Se asomó y comprobó que su suposición era cierta y se quedó maravillada al contemplar las montañas, al fondo, bañadas por la luz anaranjada del amanecer, y el mar de hierba moviéndose al ritmo de una ligera brisa. Era un lugar que con la luz del día parecía apacible, y de haberlo visto así, no habría pasado tanto miedo.

El perro se colocó a su lado y tocó su mano con el hocico, haciendo que ella le acariciara la cabeza. Se preguntó si la anciana se habría despertado también con el ladrido o si seguiría durmiendo. De pronto la puerta de la casa se abrió con el quejido de los goznes y la mujer entró, con unos trozos de leña.

-Hola, querida, ¿has dormido bien?-preguntó, dejando la leña junto a la chimenea.
-Sí, muchas gracias-respondió la joven, un poco sobresaltada.
-Perdona si te he asustado, es que estoy acostumbrada a salir y entrar de la casa y que no haya nadie más que mi perro...
-No, no pasa nada-respondió ella, sonriendo.
-Antes de que te enseñe el camino para volver al pueblo, tienes que tomar algo, para reponer fuerzas.

Y acto seguido, le preparó un tazón de leche y se la sirvió en la mesa que estaba junto a la ventana. La joven se sintió agradecida ante la amabilidad de su anfitriona y mientras desayunaba, se fijó en los detalles de la casa en los que no había reparado la noche anterior; en un aparador había un juego de te y unos retratos en blanco y negro, unos enmarcados y otros simplemente apoyados sobre las tazas. En una de las fotos vio a una mujer que le recordó a la que estaba en ese momento a su lado, mucho más joven, con el cabello recogido en un moño y con una blusa de encajes en el cuello. Sí, definitivamente debía de ser ella, porque tenía la misma expresión en los ojos, la misma sonrisa. A su lado, un sacerdote rodeado de niños y un matrimonio de ancianos. Le gustaron los retratos; parecían hablar, desde el otro lado de las fotografías, directamente a ella.

Cuando terminó, le dio las gracias a la anciana y se puso su abrigo. "Querida, te acompañaré, hasta llegar al camino que tienes que tomar para llegar al pueblo. No está lejos de aquí, pero no conoces la zona", dijo, cogiendo una toquilla de lana y colocándosela sobre los hombros. La joven la siguió cuando salieron de la casa, acompañadas por el perro, que jugueteaba con las moscas y se colocaba delante de ellas, como dando su visto bueno para que pasaran sin peligro, y después seguía caminando.

Atravesaron el páramo, y después alcanzaron el bosque. Allí fue donde ella había pasado más miedo y sintió un escalofrío cuando se adentraron entre los árboles centenarios, cuyas ramas apenas dejaban pasar la luz del sol. Sin embargo, el lugar era hermoso, como sacado de un cuento de hadas, al contratrio que de noche, que parecía siniestro, repleto de sonidos inquietantes, como el crujido de las ramas caídas, quebrándose con sus pisadas.

"Seguro que estarán muy preocupados por mí, me habrán estado buscando, y todo porque me empeñé en salir sola a pasear. Qué tonta he sido", pensó. En ese momento, la anciana se detuvo y le enseñó el sendero que llevaba al pueblo, el mismo que no fue capaz de encontrar. La joven sonrió y abrazó a la mujer. "Muchas gracias, se ha portado muy bien conmigo, no sé qué habría hecho si no la hubiera encontrado anoche." "No te preocupes, yo también he sido joven, por suerte estás bien." La anciana sonrió y se despidió de ella. "Bueno, no hagas esperar a tu padres, estarán asustados, sin saber dónde estás." El perro se despidió con un ladrido y los dos la vieron alejarse, caminando por el sendero.

No tardó en ver el campanario, con el nido de cigüeña y supo que ya estaba llegando. En la entrada del pueblo había varias personas preparadas para salir a buscarla, con sus padres. Cuando la vieron, estos la abrazaron, llorando y riendo alternativamente, y después de dar las gracias a los vecinos que se habían unido a la búsqueda, volvieron a su casa.

Una vez allí, ella les explicó cómo se había perdido por el bosque, aunque no había pensado en alejarse mucho, y cómo llegó al páramo con la casa de piedra. "Hija mía, menos mal..." decían ambos, mientras ella relataba cómo la mujer le había ofrecido cobijo y cómo la había ayudado a volver."Bueno, entonces deberíamos ir a darle las gracias a esa mujer, por lo bien que se ha portado contigo", dijo su padre. "Me parece muy bien, cariño, hija, ¿te acordarás de dónde estaba esa casa?" Ella no dudó ni un segundo y contestó que sí. "Cómo olvidarla, ahora sí que no volveré a perderme", pensó.

Unas horas después, los tres se encaminaron hacia el páramo, con un ramo de flores; atravesaron el bosque, con su atmósfera mágica, y finalmente divisaron el páramo y la casa de piedra, a lo lejos. "Qué lugar tan bonito", dijo la madre, que iba admirando el paisaje, con las montañas al fondo.

Cuando llegaron a la casa, llamaron a la puerta, pero nadie contestó. "Vaya, habrá salido la mujer" dijo el padre. La joven buscó con la mirada el montón de leña que había visto junto al porche, y se sorprendió cuando un hombre apareció de pronto. Se sobresaltaron. Junto al desconocido, un perro les contemplaba, y corrio hacia la chica, que le acarició la cabeza.

-¿Buscan ustedes a mi madre?- preguntó.
-Supongo que usted es el hijo de la dueña de la casa...
-Sí, ¿para qué la quieren?- el hombre les miraba con gesto de desconfianza.
-Bueno, hemos venido para darle las gracias, porque mi hija se perdió anoche por aquí, y ella fue muy amable y la acogió.
-No, no puede ser, seguro que se equivocan-dijo el hombre, bruscamente.
-No, recuerdo que estuve en esta casa y había una anciana que me dejó dormir, y que esta mañana me ha acompañado para que pudiera volver al pueblo. Y este es su perro...
 Todos se sintieron desconcertados, hasta que el hombre la miró, confundido.
-No, no puede haber sido ella, niña, porque murió hace dos días.
-Pero si yo la vi, y hablé con ella, y me tapó con una manta de cuadros, y vi sus fotos...

Entonces se quedaron todos en silencio, sin saber qué decir. Y como si quisiera dar su opinión, el perro aulló con tristeza. "Yo la vi, de verdad, estuve hablando con ella, yo la vi...", balbuceó la joven.

Mientras volvían hacia el pueblo, ninguno de los tres quiso hablar. Estaban haciéndose muchas preguntas, aunque tenían miedo a responderlas. Mejor no se lo contarían a nadie.


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jueves, 17 de diciembre de 2009

Un relato sin final... de momento. (3º parte)

Sentada en un sillón cercano a la chimenea, la joven se sentía cómoda. Era un alivio, después de haber pasado frío y miedo buscando el camino de vuelta al pueblo. La mujer estaba añadiendo más leña, bajo la mansa mirada del perro, que de vez en cuando, abría el hocico y se desperezaba.

La mujer se sentó en una mecedora y cogió un costurero, para reanudar su bordado. La joven se fijó que en las paredes había cuadros con flores bordadas.

-Tiene una casa muy bonita- dijo ella, mientras acariciaba la cabeza del animal.
-Muchas gracias, la verdad es que apenas salgo de aquí, y me gusta ver cosas bonitas. Los inviernos son muy largos aquí y paso casi todo el tiempo sentada en este salón, rodeada de mis recuerdos.

La joven sonrió y miró hacia la ventana. Fuera estaba completamente oscuro y ni siquiera podían adivinarse las montañas que rodeaban el valle, ni luz procedente del cielo. Sintió que había hecho bien en confiar en la anciana, aunque en un primer momento le hubiera dado miedo. Sus padres siempre le habían dicho que por muy amable que pareciera una persona, no debía fiarse nunca de nadie, y hasta ese día, había hecho caso esa norma. Pero era evidente que si hubiera seguido caminando, se habría perdido y quién sabía qué peligro podría haber corrido.

El calor del fuego le fue provocando una sensación de sueño; sus párpados se cerraron poco a poco y colocó su cabeza en un lado del respaldo del sillón, sin ganas de reprimir un bostezo. Antes de que se durmiera, la mujer la tapó con una manta de cuadros, y ella se abandonó completamente al sueño, alejándose del sonido del fuego crepitando en la chimenea y el crujido de la mecedora.

Ya nada importaba, porque su mente se había alejado de allí, y ella ya no era ella, sino una nube que recorría el cielo, flotando, y luego era viento jugando con las ramas de los árboles, y una ardilla que hundía sus uñas en el tronco de un roble, mientras lo recorría velozmente...


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Continuará...

domingo, 13 de diciembre de 2009

Un relato que no tiene final... todavía. Pero ya se va acercando. (2ª parte)

-Ven, no tengas miedo- dijo la anciana, haciéndole señas con las manos, desde el porche de la casa.

Ella vaciló, con temor. ¿Debía fiarse de una desconocida? Pero no tenía muchas alternativas. Se había perdido, no encontraba el camino de vuelta al pueblo y se hacía de noche. ¿Acaso no era peor vagar por un páramo en plena oscuridad, a merced de cualquier peligro, pasando frío? Finalmente corrió hacia la anciana, que ya tenía al perro a su lado y le acariciaba la cabeza, mientras este movía el rabo y contemplaba a la joven mansamente.

-¿Te has perdido, querida?- Preguntó la mujer, que era mayor, pero de cerca no parecía tan anciana.
-Sí, estaba en el bosque y cuando quise buscar el camino de regreso, no fui capaz de encontrarlo, hasta que vi esta casa, en el páramo, y pensé que alguien podía ayudarme.
-Ven, entra, estás temblando de frío, y ya es tarde, esta noche dormirás aquí, y mañana te acompañaré hasta la entrada del pueblo.

La joven se sintió algo asustada, pero no pudo decir que no; la oscuridad había ocultado las montañas y el bosque casi completamente, y la luna jugaba al escondite con las nubes que cuajaban el cielo. No, no era sensato caminar por ahí sola a esas horas, y la mujer parecía buena persona.

-Muchas gracias por su ayuda, no sabía ya qué hacer- dijo ella, entrando a la casa, seguida por la mujer, que cerró la puerta tras de sí.

Había un vestíbulo pequeño , con un perchero y un espejo, que conducía directamente a una estancia amplia con una chimenea y unos muebles de madera rústica, y un ventanal decorado con unas macetas con flores. En un rincón había una mesa con unos marcos de fotos en blanco y negro y un trozo de tela en el que la mujer estaba bordando.

El perro se tumbó frente a la chimenea y reposó la cabeza sobre sus patas delanteras, mientras su ama invitaba a sentarse a la joven en una silla con un cojín mullido en el respaldo. Ella agradeció la sensación de calidez de la estancia y la amabilidad de la dueña de la casa y se relajó un poco. No parecía que pudiera ocurrir nada malo allí. Al contrario, todo era acogedor.

La mujer le ofreció un tazón de leche y después se sentó en una mecedora, cerca de la chimenea. Hablaron de cómo la chica había llegado hacía pocos días al pueblo, y había querido pasear por el bosque. "Ha sido una imprudencia", dijo ella. "Todos estarán preocupados por mí." "Bueno, querida, es normal, pero ahora no podemos ir hasta allí, estamos un poco lejos y apenas se ve, pero mañana volverás sana y salva."


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Continuará...

viernes, 27 de noviembre de 2009

Pero yo me quedo con My way de Frank Sinatra (relato)

Se abren las puertas del vagón y salen en estampida decenas de personas, dispuestas a esquivarse unas a otras, para llegar a una meta invisible, que después se convierte en unas escaleras mecánicas.

Ella sube el volumen de la música que escucha todas las mañanas y trata de evitar un codazo, un pisotón, un frenazo en seco del hombre que va delante de ella y de la mujer que lleva un paraguas en ristre, como si de una lanza se tratara.

El pasillo es largo y se cruza con gente que aparece de otra linea, que avanzan como salmones, a contracorriente con el viento que recorre la estación de cara, impregnado de olores desagradables.

Llegan a la escalera mecánica, y como cada mañana, ese hombre de voz cascada se empeña en asesinar una canción; esta vez My way. "Vaya horror", piensa ella, y sube el volumen de nuevo de su música, para no tener que escuchar cómo esa voz de mafioso destroza irremediablemente una canción genial. Le mira de soslayo y se pregunta por qué no se limita a cantar solo en la ducha.

La escalera va alejando al batallón de viajeros estresados de los sones malogrados de My way, y ella piensa que acaba de escuchar una versión muy parecida a la que interpretaría un estropajo, rasposa, sin sentimiento, y respira hondo cuando sale a la calle.  Y por la tarde, en ese mismo lugar se pondrá ese músico que ella llama "la alegría de la huerta", y que se empeña en hacer llorar a todos a mediodía con esas canciones  tristonas.


miércoles, 19 de agosto de 2009

Música (relato)






Caminaba sola por los pasillos del metro, pensando en sus cosas, con el eco de sus pisadas resonando en las paredes de metal, hasta que se encontró con varias personas que iban en la misma dirección, hacia la entrada, con sus billetes en la mano.


En ese momento se sentía vacía, todo seguía siendo confuso, un año después, y no veía el final. Quería ser libre, y pensar que ese año no había sido más que una pesadilla, pero sabía que sí había sido real. El desamor es real, y el frío en noches interminables, en las que la cama queda demasiado grande y por mucho que te tapes la cabeza con el edredón, el mundo sigue exactamente igual fuera.


No oía música en su mente, y decidió ponerla ella, a toda costa. Iba a escucharla, como antes... Llevaba mucho tiempo alejándose, aislándose con un libro, o con el ipod. La música que llevaba sustituía a la que ella no era capaz de escuchar en su mente, la que se fue un día, sin darse ella cuenta.


jueves, 26 de febrero de 2009

El Principio Antropomófico- 2ª Parte (relato)


Segunda parte del relato de Fernando Diego Gómez-Caldito Viseas



-Verá. El vacío que nos rodea no es tan vacuo como podría usted imaginarse. Incluso en el mejor de los vacíos posibles, y no me refiero a un gas que esté en su máximo enrarecimiento, sino en un vacío realmente absoluto, se produce un fenómeno curioso, y es que de forma espontánea se crean continuamente pares de partículas y antipartículas que surgen de la nada, se dan una pequeña vuelta por nuestra realidad y vuelven a juntarse para desintegrarse mutuamente. Todo el vacío está lleno de energía, en realidad una cantidad tal que no se puede usted imaginar. Lo que pasa es que es una energía a la que normalmente no podemos acceder, por el mismo motivo que un lago a 2000 metros de altitud posee una enorme cantidad de energía potencial pero no podríamos acceder a ella desde su superficie.


La doctora guardó silencio expectante. -Quizá cuando dije brevemente, fui demasiado optimista -confesó el médico al fin.


-Está bien -admitió la doctora mientras sacaba un lápiz afilado del bolso y lo colocaba vertical sobre la mesita, sujetándolo con un dedo- Imagine que fuera capaz de dejar este lápiz en perfecto equilibrio sobre la punta. Si nada lo tocase, en teoría podría mantenerse así indefinidamente, almacenando cierta energía. Como ve, es un equilibrio muy precario, y la más mínima perturbación lo hará caer -dijo mientras lo soltaba y caía como un diminuto árbol golpeando contra la tabla- liberando la energía almacenada y alcanzando un nuevo estado de equilibrio mucho más estable. Ahora el lápiz está en reposo sobre la mesa, lo cual no significa que no tenga más energía potencial. De hecho sigue teniendo casi tanta como antes. Lo que pasa es que ya no bastará con una leve perturbación para extraerla, sino que será necesario algo un poco más contundente.


En ese momento, golpeó el lápiz con el índice como si jugara a las chapas y lo hizo rodar hasta que cayó por el borde de la mesa, rebotando contra el suelo. Desmond lo observó ausente.


-Análogamente –continuó- en un principio el universo estaba en un estado de equilibrio muy inestable, almacenando una gran energía, como el lápiz sobre la punta. Fue la rotura de este equilibrio lo que produjo el Big Bang. Durante los primeros instantes liberó tanta energía que el universo se inflaba de forma exponencial, y estaba tan caliente que las cuatro fuerzas fundamentales (la gravedad, la electromagnética, la fuerte y la débil) estaban unidas en una sola superfueza. Conforme el universo alcanzaba el estado de equilibrio estas cuatro fuerzas fueron separándose y dándole las propiedades que tiene en la actualidad, de forma parecida a como cristalizaría el hielo en un vaso de agua que se enfría bruscamente. Pero el que el universo esté en un estado de equilibrio más estable no significa que no posea una enorme cantidad de energía potencial.


-Ya veo. -dijo el psiquiatra- ¿Y cómo piensan empujar el lápiz hasta el suelo? Vanesa sonrió orgullosa. -Buscando los bordes de la mesa -contestó.


-Si no me equivoco -precisó Héctor dirigiéndose a Desmond- fuiste tú el que puso en marcha todo esto, aunque tal vez de forma circunstancial, ¿verdad? -Y en qué mala hora. Podría haberme ahorrado diez años de mi vida que he tirado por el retrete.


-No digas eso, Víctor -protestó Vanesa- Durante estos años hemos dado pasos de gigante tanto en física teórica como en aplicada, en gran medida gracias a ti -la mujer se giró sobre su asiento para encararse con el viejo físico, probando un tono ligeramente adulador- Si todavía somos capaces de poner en marcha el proyecto, podrías pasar a la historia como el artífice de una nueva era.


-¡Es que no se enteran! -explotó el anciano, dando un sonoro manotazo a la mesa- ¡Sólo hemos avanzado hacia el precipicio, como el lápiz que tan despreocupadamente arrogaste al suelo! ¿Es que realmente no son capaces de comprender que hemos estado a punto de causar una catástrofe de proporciones cósmicas?


-Eso -interrumpió el abogado- es muy difícil de creer. Y le aconsejo que no vaya diciendo esas cosas por ahí. Está dramatizando, y ya tenemos suficientes problemas como para que encima ahora puedan acusarnos de Dios sabe qué. Probablemente perdamos millones con toda esta historia, pero si no se calma todavía logrará que nos metan a todos en la cárcel, aunque sólo esté diciendo tonterías.


-Escúchame bien, hijo de puta -gruñó Desmond rojo de ira. Se veían claramente las venas de las sienes palpitantes- Yo ya daba lecciones de física en la universidad cuando todavía manchabas los pañales. Ni todas las clases del mundo podrían hacer que te dieras cuenta de la dimensión de en lo que estás metido. Esto te queda muy grande, mocoso, así que te sugiero que cualquier nueva brillante aportación que tengas, cojas y te la metas por el culo.


-¡Cálmese, por favor! -reclamó el psicólogo-. Si no lo hace tendré que darle algún sedante.


-Tranquilízate, Víctor, te va a dar un síncope -medió la mujer- Estamos aquí precisamente para que todos podamos comprender lo que pasó hace tres días, así que tengamos un poquito de calma y tranquilidad. Ah, y Héctor... -¿Si?




-¡Cállate!


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