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martes, 10 de febrero de 2026

Ovidia (Reedición)

 


Le dediqué este relato a mi querida maestra, Ovidia, la mujer que me ayudó tanto en mi infancia, con su cariño, paciencia y profesionalidad, una maestra vocacional que supo transmitir unos valores que no volví a encontrar en mis años de estudiante. He imaginado cómo habría sido su último día como maestra, he cambiado algunas situaciones y he utilizado algunos recuerdos propios para recrear y celebrar su vida. Ovidia era una mujer excepcional, a la que siempre recordaré. 

Os comparto, tanto el relato como la grabación que realicé, con mucho cariño. Lo tenéis en Spreaker y en Spotify. Os animo a comentar y a suscribiros a mi podcast


Image by Thomas G. from Pixabay 




 


   


  Los niños entraron en el recinto de la escuela con las mejillas enrojecidas por el frío; algunos se despedían de sus padres, que les contemplaban desde la puerta, otros hablaban de su equipo de fútbol favorito, o de los deberes y entre la algarabía de voces infantiles, había sitio para el intercambio de cromos de Mazinger Z, antes de entrar en el aula.

Una vez dentro, algunos se arremolinaron en torno a un compañero, que escondió una caja de bombones detrás del pupitre. “Le van a encantar”, dijo un niño muy alto, con las orejas de soplillo y todos asintieron. “Jo, no sé cómo vamos a aguantar sin comérnoslos”. “Guárdalo bien, que no nos pille”, dijo el que vigilaba la puerta, mirando alternativamente al pasillo y al interior del aula. “¡Que viene la seño!” Todos se sentaron en sus pupitres y sacaron los cuadernos y los lápices, riéndose con complicidad.

Por el pasillo resonaron los pasos firmes de la profesora, que sonrió cuando vio a lo lejos a su alumno, entrando precipitadamente en el aula. Sujetó con fuerza los libros que llevaba bajo el brazo y se dirigió, por última vez a dar clase. Según se acercaba, escuchaba las voces de los niños, sus risas y también las discusiones de siempre entre los que no se llevaban tan bien. Sintió ternura. Llevaba su traje de chaqueta con falda, como siempre, desde que la destinaron en aquel pueblo y sus zapatos de tacón. Era la más elegante del colegio, como decían las madres de los alumnos de distintas promociones. Y también era la más apreciada, por su cariño y su paciencia.

Su voz era pausada y agradable, ya estuviera dictando a sus alumnos, o explicando las fracciones, pero también era firme cuando tenía que poner orden. Esa mañana, por primera vez en muchos años, sintió que le temblaban las piernas y que le costaría llegar hasta el final de la clase sin llorar. Respiró hondo antes de entrar en el aula y se encontró con los rostros de todos sus alumnos.

Algunos se habían peinado más que de costumbre y todos mostraron una sonrisa que delataba nerviosismo. “Buenos días”, dijo ella y todos la contestaron al unísono, sonriendo todavía más. La profesora ocupó su sitio y se fijó en el rostro de Alberto, ese niño que siempre se había portado peor que los demás, salvo en los últimos meses. “Le voy a echar de menos al final”, pensó ella, recordando las discusiones de Alberto con sus compañeros y las veces que había hablado con sus padres.

Alberto le devolvió la mirada y sintió un nudo en la garganta; sabía que el lunes tendría otra profesora y que tendría que acostumbrarse a ella.

Chicos, sacad el libro de Naturales”, dijo ella. Se escucharon algunos suspiros y resoplidos y el sonido de las páginas pasando rápidamente. “Venga, no protestéis, si no, no leeremos el siguiente capítulo de Jim Botton y Lucas el Maquinista.”

Señorita, ¿puedo leer yo?” preguntó Beatriz, con el dedo en alto; los demás niños la hicieron burla, bajo la mirada retadora de esta. “Sí, Beatriz, empieza la Unidad Ocho”, contestó la profesora. La niña sonrió a Ovidia, que recordó lo tímida que era al principio, cuando empezó el curso. Ni siquiera se atrevía a hablar y cuando lo hacía, tartamudeaba un poco. Cuánto había cambiado esa niña. Durante todos sus años de profesión había visto el progreso de muchos niños, que superaban con ella el miedo a las matemáticas, a leer o a salir a la pizarra y sentía el orgullo de saber que, de alguna forma, les había ayudado a ser buenos alumnos de instituto e incluso de universidad. Le alegraba ver a algunos, ya crecidos, saludándole por la calle, recordando a su señorita Ovi.

Llevaba tantos años enseñando en ese mismo aula, viendo cómo cambiaban los planes de estudio, a tantos niños que vivían en ese pueblo. Ella se había acostumbrado a la vida en la Sierra, a pesar de haber nacido en la ciudad. Al principio le pareció que le iba a faltar todo, los grandes edificios, las tiendas a las que solía ir, las luces de la ciudad, pero con los años se acostumbró a los cielos estrellados, a no escuchar el ruido del tráfico, a ver cómo se ponía el sol tras las montañas, a las casas de piedra en vez de las torres y los edificios con cariátides en las fachadas. Y también a ver a tantos alumnos que tenían que seguir estudiando lejos de su escuela, a medida que crecían.

La voz de Beatriz sonó monótona en el aula, mientras los pensamientos de la profesora iban de un rostro a otro, recordando a sus primeros alumnos, recién llegada al pueblo. Los de ahora, los últimos, se parecían a esos otros niños. Algunos eran tímidos, otros no paraban de hablar y tenía que reprenderles, algunos eran muy inteligentes y le sorprendían con sus preguntas, que a veces le ponían en serias complicaciones, y que ella imaginaba como futuros científicos y otros necesitaban mucho apoyo y cariño para estar al nivel de los demás. Todos eran ajenos al sufrimiento que sentía en ese instante.

Después, les explicó lo que la niña había leído sobre la fotosíntesis; algunos parecían absortos, en la lección, otros se distraían con facilidad. Y tras la lección de Naturales, llegó la clase de Matemáticas, para la que Alberto salió a la pizarra a resolver los problemas sobre fracciones, mirando por encima del hombro a Beatriz. Alicia, sentada junto a ella le dijo algo al oído y ella sonrió. “Siempre rivalizando”, pensó la señorita Ovi. Parecía mentira que ese niño, al que le costaba tanto estudiar esa asignatura, hubiera logrado entenderla.

A la clase de matemáticas le siguió la de Sociales, con los mapas de los ríos y después el recreo; mientras los niños jugaban en el patio, en grupos, la señorita Ovi se sentó junto a su compañera Gloria para vigilar que no les ocurriera nada.

¿Qué tal estás?”, preguntó Gloria. “Bien, es un poco triste, pero estoy bien.” Ovidia se quedó en silencio por unos momentos, contemplando a Daniel y Juanjo intercambiando cromos, a Israel hablando con Amalia, Alicia, Beatriz y Paula, saltando a la comba, mientras María y Cristina charlaban, sentadas en un rincón y Alberto y David corrían por el patio. Algunos comían un bocadillo y todos sonreían, con esa despreocupación que caracteriza a los niños.

Espero que se acostumbren bien a mi sustituta”, dijo finalmente, sintiéndose triste. “Ya verás como sí, los niños se acostumbran bien a todo.” Ella asintió, pero no pudo evitar una punzada de decepción. “Y ahora, ¿qué vas a hacer, volverás a Madrid?” Ovi miró el reloj y a la vez que hacía una seña a sus alumnos para que volvieran a clase, dando la espalda a su compañera, contestó. “No, me quedo aquí.”

Una vez de vuelta a clase, continuaron con la lectura del libro de ese trimestre, Jim Botón y Lucas el Maquinista, de Michael Ende, que les divertía mucho a todos. Algunos estaban absortos en las aventuras de los personajes y dejaban escapar risas espontáneas. Después tuvieron la clase de Lengua y la de Trabajos Manuales. Contempló a sus alumnos haciendo sus proyectos de porta lápices, los pompones de lana y los jarrones de arcilla. Algunos discutían y parecían inquietos. “¿Qué os pasa? No discutáis, que no quiero enfadarme con vosotros.”

De pronto un niño se puso en pie. “¿Qué te pasa Daniel?”, preguntó ella, mirándole por encima de las gafas. “Señorita, tengo que decir algo.” Ella le miró sorprendida y el resto de los niños empezó a cuchichear, moviéndose en sus pupitres. “¿Qué quieres? Y vosotros, ¡silencio!”

Daniel se puso colorado y salió de su pupitre escondiendo algo; los demás le hicieron todos un gesto con las manos para que se acercara a ella. “Como soy el delegado tengo que decir algo de parte de todos...” Ella le miró, sonriente. Sabía que algo tramaban. Caminó hacia él y se agachó un poco. “Daniel, ¿qué queréis decirme?” El niño empezó a sentir un nudo en la garganta y a ruborizarse, y sacó la caja de bombones muy deprisa.

¡Te vamos a echar de menos!” dijo, finalmente y comenzó a llorar. Ovi se contuvo para no hacer lo mismo y le acarició en el pelo. A su alrededor, algunos alumnos también lloraban y los demás estaban en silencio, con los ojos húmedos. Ella acompañó a Daniel a su pupitre y sintió que momentos como ese hacían que mereciera la pena su trabajo. Tal vez esos niños no la recordaran al cabo de los años, pero ella sí les tendría en su memoria para siempre.

Niños, ya sabéis que el lunes viene otra profesora nueva, porque yo me jubilo...” dijo ella, de pie, junto a la pizarra. Todos la miraron, expectantes, en silencio. “¿Qué es jubilarse?”, preguntó Alberto. “Significa que cuando se cumple unos años, dejas de trabajar”, explicó la profesora. Un murmullo recorrió el aula. “Eso le pasó a mi abuelo”, dijo alguien. Ovi no pudo evitar que una sonrisa se escapara de sus labios. Daniel se limpió el rostro y se sonó la nariz con el pañuelo.

Vuestra nueva profesora tiene que ver lo bien que os portáis, no quiero que hagáis travesuras, ni que habléis en clase.” Ellos asintieron con la cabeza, todos a la vez. “Además tenéis que seguir haciendo los deberes, y estudiando, para que yo me sienta orgullosa de vosotros.” Todos permanecieron en silencio, mientras ella sentía que le temblaban las piernas.

¿Y ya no volveremos a vernos?” preguntó Alberto, con semblante triste. “Claro que sí, yo me voy a quedar en el pueblo y os veré por la calle.” Un murmullo de satisfacción fue pasando de un pupitre a otro, hasta llegar a ella, que respiró hondo.

Los niños pasaron el resto del día preguntando cosas a su profesora, que repartió los bombones que le habían regalado. Todos recuperaron las sonrisas en sus rostros infantiles y se despidieron de ella con un beso en la mejilla.

Cuando se quedó sola, cerró la puerta y se sentó un momento en su silla; contempló los pupitres vacíos, recordó los rostros de tantos y tantos alumnos y se quitó las gafas para limpiarse los ojos con un pañuelo. Echaría de menos las preguntas de los niños, sus ocurrencias, la alegría que sentían el día que llegaban las vacaciones de verano y sobre todo, echaría de menos los logros conseguidos por ellos.

Se puso en pie y borró el encerado, hasta que no quedó ni rastro de las cuentas de Matemáticas. Ahora sería otra persona la que ocuparía su lugar.

Cuando salió del aula, cerró la puerta y todo quedó en silencio.






Amalia N. Sánchez Valle